Comilona y caminata

Comilona y caminata

El sábado había planificada una macro comida familiar con la familia de M. En otros posts he comentado que me cuesta mucho asistir a eventos de esta índole, sobre todo en los que hay grandes familias con muchos niños, pero estoy intentando salir de mi aislamiento social poco a poco, y me he propuesto una serie de pasos para conseguirlo, así que, pese a que no era mi plan perfecto, decidí dejarme ver por allí.

Hubo mucha gente, niños correteando, fotos ¡PA-TAAA-TAAAA! y hasta me hicieron repasar  el cuaderno con el árbol genealógico en el que se mostraba la buena fertilidad de la familia que aseguraba un futuro lleno de sanos descendientes. Sí que noté que me puse un poquito triste, sobre todo a partir del café, pero el balance lo califico de positivo porque gestioné bastante bien los pensamientos y las emociones, sobre todo antes y después del evento.

Lo diferente de esta vez respecto a otras ocasiones es que conseguí minimizar los pensamientos previos anticipatorios:

  • Me voy a poner triste.
  • Lo voy a pasar mal.
  • Me tendré que morder la lengua para contener las emociones y no soltar la lagrimita.
  • Me preguntarán que por qué no tenemos hijos todavía.
  • Los abuelos no pararán de decir lo felices que son con sus nietos y yo pensaré que no voy a ser tan importante como mis hermanos para mis padres porque no les voy a dar ningún nieto.

Y también busqué una actividad motivadora para el día siguiente que me recomendó una psicóloga: el contacto con la naturaleza. De esta manera liberaría endorfinas y conseguiría cambiar rápidamente de contexto.

El domingo nos fuimos de excursión por el Pirineo Aragonés, en el Valle de Benasque. Partimos del Valle de Estós y subimos hasta el Ibonet de Batisielles y el Ibón de la Escarpinosa. Una caminata de unas 2 horas y media de subida y otro tanto de bajada. Distancia: 5,8 km. Desnivel: 717metros.

IMG_3956

Fue maravilloso perderse por el bosque de hayas, la recompensa de llegar a la cima después de haber sudado la camiseta, el sentirme minúscula entre gigantescas montañas, sentir el agua helada de los riachuelos, saborear el bocadillo después del esfuerzo y hacer bonitas fotos. Por supuesto que lo repetiremos.

ANTES: Conseguí no anticiparme ni preocuparme.

DESPUÉS: Conseguí no lamentarme.

Anuncios
Frases para pensar (1)

Frases para pensar (1)

Estos días he estado leyendo un libro de autoayuda al que dedicaré un post más adelante,  pero quería adelantar una reflexión.  El libro contiene la siguiente frase que quedó grabada en mi cabeza:

No esperes de la vida más de lo que ésta pueda ofrecerte,

y recoge sus frutos con alegría.

La frase se incluía dentro de un capítulo que hablaba de las personas perfeccionistas y de las vías de afrontar las imperfecciones: confrontación, conformidad  y resignación.

¿qué ocurre cuando no sabes si la vida puede ofrecerte un hijo? ¿hasta cuándo es razonable luchar? ¿cuándo transpasas el límite de la confrontación y la resignación? ¿Si lucho por conseguir mi deseo me estoy confrontando? ¿si dejo de luchar me estoy resignando? ¿qué debo entender por “conformidad”?

Ohh, horror… ¡he de subirme a una báscula!

Ohh, horror… ¡he de subirme a una báscula!

Hace unos días hablaba de que hubo una época en la que me obsesioné por estar delgada, que desembocó en un periodo depresivo y que superé la depresión pero no mi obsesión por controlar cada cosa que llevaba a mi boca. Hoy en día todavía no he superado esa obsesión y estoy bastante segura de que no lograré que desaparezca por completo nunca. Diría que ella y yo hemos conseguido llegar a convivir respetándonos la una a la otra, aunque ambas sabemos que la otra merodea por la habitación de al lado. Poco a poco intento moldear ese trauma en la medida de mis posibilidades, pero es un material demasiado duro y requiere muchísima manipulación.

La principal manifestación de mi obsesión es que tengo verdadera fobia a subirme a una báscula.

bascula-2032

Cuando vivía con mi anterior pareja tenía la costumbre de subirme a la báscula cada viernes por la mañana, en ayuno, después de orinar y completamente desnuda. El día elegido era el viernes porque era el día de la semana más alejado del fin de semana previo durante el cual se producían los “excesos”. Por lo tanto, el viernes era el día con mayor probabilidad a visualizar el número más pequeño en aquel elemento “fastidiador” del baño. Además, intentaba evacuar el día de antes (con laxante si hacía falta) e ingerir la menor cantidad de alimento y líquidos desde entonces hasta el momento del ritual.

Los valores solían oscilar entorno a los 50kg, unas veces más y otras un poquito menos. La primera opción provocaba un mayor control durante el fin de semana y la semana posterior, tratando de evitar las comidas más calóricas en la medida de lo posible. Durante una semana de esas una celebración de un cumpleaños con tarta podía causarme gran preocupación y ansiedad. Un mayor cuidado significaba que a la semana siguiente el peso bajaba, y yo volvía a ser feliz. Por lo tanto, una semana estaba UP y a la siguiente estaba DOWN.

El problema era cuando llegaban las Navidades y el día 24 de Diciembre caía en miércoles y el día 25 en jueves, o cuando los compañeros de trabajo organizaban una comida en un restaurante un martes, ¡me desmontaba toda mi planificación! Y para evitar demasiados disgustos, dejaba pasar un par de semanas para que mi cuerpo volviese a su rutina habitual y asegurarme un numerito digno en mi báscula.

Ni que decir tiene que entonces mi dieta era ultra light (que no saludable), baja en grasas e hidratos de carbono.

Llegó un día en el que, después de varias semanas consecutivas de no poder cumplir a raja tabla mis auto-imposiciones, decidí abandonar la costumbre del pesaje del viernes y vivir la felicidad del ignorante. Esto disminuyo mi preocupación semanal, si bien no eliminó mi ansiedad antes y después de las revisiones médicas anuales del trabajo, siendo todavía mayor debido a que el periodo en el cual había perdido el control era mucho mayor (aproximadamente de 1 año).

Un embarazo implica aumentar mucho el peso y no perderlo todo en el parto, así que una de los mayores miedos ante un embarazo era el de no poder volver a recuperar mi figura. Así que, para prepararme para lo que me esperaba,  el año pasado empecé a hacer terapia con mi psicóloga para intentar superar este miedo irracional. Una de las primeras cosas que me propuso era la de controlar mi ansiedad al subirme a una báscula. Así que decidí coger el toro por los cuernos y volver a reencontrarme con mi archi-enemiga. Y un viernes de esos me volví a pesar, y vi la escalofriante cifra de 55kg. ¡Un 10% más que mi mejor marca! De nuevo volví a tomar el control riguroso de mi ingesta de alimentos.

A las 2 semanas me enteré que estaba embarazada. La alegría me inundó, pero el embarazo significaba pasar por la matrona y subirme de nuevo a una báscula.  Ahora sí que estaba perdida, ¡no podía prepararme para mi “test de gordura”!, mi bebé necesitaba que yo me alimentase bien.  Y me sentí atrapada en mi miedo, sin saber cómo salir.

El amor por mi bebé podía más que mi trauma, engordaría todo lo que hiciese falta por él. La báscula de la matrona habló: 54kg, pero volví a mi casa ilusionada por engordar por y para mi angelito. Lamentablemente, unas semanas después perdí a mi bebé. Ya no tendría que pesarme más, así que mis miedos ya no tenían sentido.

Desde entonces no me he vuelto a pesar ni he retomado las acciones para superar el problema. De momento hay otros conflictos más urgentes por resolver.

Tengo que decir que yo me veo guapa frente a un espejo y que mis miedos son a tener datos objetivos que puedan hacerme ver que he engordado. No es el número en sí (bueno, sí lo sería si el número fuese de 70kg) , sino la comparación con el número anterior. En otro capítulo hablaré de cómo me protejo ante el miedo a recibir otros datos objetivos (por ejemplo, de la ropa). También creo que ese miedo horrible a engordar es debido a la etapa tan dura que viví cuando deseaba perder peso. Sé que si engordo tengo suficiente fuerza de voluntad para seguir una dieta y perder peso, pero es preferible que no me vea en esa situación. Por último, hay otro factor que es la adicción al perfeccionismo que sufro que hace que no pueda soportar la idea de verme gorda en algún momento y que no admita ningún desliz con respecto a las comidas.

La música que me da energía: Sonata nº21 “Waldstein” (Beethoven)

La música que me da energía: Sonata nº21 “Waldstein” (Beethoven)

Durante mi infancia y adolescencia fui pianista. Cuando salí fuera a estudiar a la Universidad tuve que dejarlo porque me resultaba imposible compatibilizar la música con la carrera. Había adquirido un nivel que requería una dedicación de unas 2 horas diarias para no perder agilidad en los dedos y, como veía que no avanzaba practicando los fines de semana únicamente cuando no tenía otros quehaceres, finalmente lo abandoné por completo.

Quizás algún día lo retome, porque me apasionaba. Mientras tanto, os dejo una sonata preciosa de Beethoven, mi compositor favorito en cuanto obras de piano:

Track 5: Sonata nº21 “Waldstein” (Beethoven)

+1

+1

A lo largo de un día todos realizamos diversas actividades, que podemos categorizar según el nivel de placer que nos produzca el llevarlas a cabo en positivas, negativas y neutras. Una actividad que para una persona resulta motivante, puede ser muy negativa, incluso destructiva, para otra. En algunas ocasiones no podemos evitar las actividades negativas, ya que vivimos en sociedad con unas reglas y disciplinas a cumplir para una convivencia armoniosa y pacífica. Sin embargo, deberíamos intentar minimizar aquellas actividades que no nos aportan valor; en el marco de una conducta responsable y respetuosa. Por su parte, las actividades neutras ni suman ni restan, dejando a nuestras emociones en un estado plano constante, que en ocasiones resulta conveniente porque nos mantienen ocupados frenando los pensamientos irracionales y por tanto evitado el decaimiento emocional, si bien no producen motivación. Finalmente, las actividades positivas son muy energizantes y generadoras de alegría y optimismo.

Generalmente nuestros días están llenos de actividades neutras. Es importante que éstas no ocupen la totalidad de nuestro tiempo y encontrar un espacio para hacer aquellas cosas que nos reconfortan cada día. No es necesario tirarnos en paracaidas para hacer que nuestro día valga la pena, a veces basta con fijarnos en los pequeños placeres de la vida y vivirlos conscientemente. Cada cual debería identificar aquellas tareas que sean un “+1” (o “+3”)  y asegurarse de que están presentes en cada jornada.

Aquí van las mías:

  • tumbarme con mi marido en el sofá el sábado después de comer a ver una película
  • charlar con una amiga
  • salir a cenar
  • dar un paseo por el campo con la bicicleta
  • el café de después de comer
  • comprar un libro de cocina internacional o repostería
  • organizar una barbacoa con los amigos
  • tomarme una cerveza fresquita acompañada de unos frutos secos
  • descubrir que llega la revista mensual de Thermomix al buzón y hojearla
  • escribir un post para este blog
  • la ducha después de la sesión de running y dejar secar el pelo al aire en verano
  • el desayuno especial del viernes
  • leer el capítulo de un buen libro
  • hacer el amor con mi marido
  • releer mis revistas de cocina y marcar las recetas que me gustaría hacer este mes
  • salir de excursión por la montaña
  • recoger las verduras y hortalizas que han traido mi padre y mi suegro del huerto
  • chatear por skype con los compañeros de trabajo que se han convertido en amigos
  • preparar una velada especial (mantel, copas, velas y menú gourmet)
  • arreglarme y maquillarme para salir
  • comer un dulce
  • ir de compras a Primark e Ikea y comer en un restaurante italiano
  • pasar la tarde con mi madre
  • salir a tomar vermú el fin de semana
  • preparar una nueva tarta, o cupcakes, o galletas para llevar a casa de mis padres el domingo
  • el masaje del cuero cabelludo en la peluquería
  • tomar el sol
  • compartir abrazos, besos y palabras bonitas con mi marido
  • levantarme tarde el fin de semana
  • la cena de picoteo en la mesita del sofá del salón el viernes mientras vemos la tele
  • recibir una consulta de alguien del trabajo que ha confiado en mi experiencia
  • ….

¡Haz tu lista y al final de cada día repasa cuántos +1 has ganado ese día!

En ocasiones pierdo la paciencia, pero no soy impaciente.

En ocasiones pierdo la paciencia, pero no soy impaciente.

M suele decirme que soy impaciente. Él normalmente actúa con prudencia y cuida mucho sus críticas hacia mí, así que es una de las pocas calificaciones negativas que he recibido de él, probablemente la única seria y que le resulta más molesta. Sin embargo, si alguien me preguntase cómo soy, creo que “impaciente” no sería uno de los adjetivos que utilizaría para mi autoretrato.

La etiqueta de “impaciente” es algo que yo he adoptado a raíz las circunstancias que han hecho que tuviese que rehacer mi vida sentimental y empezar desde 0 a una edad en la que otras chicas ya están empezando a tener niños. Dichas circunstancias han hecho que sintiese preocupación y ansiedad al escuchar el tic-tac amenazador del reloj biológico de la maternidad. Y desde entonces me he quedado con una definición absoluta e irremediable: “siento impaciencia, luego soy impaciente”.

Dicha categorización hace que ante el largo proceso de la Reproducción Asistida me vea incapaz de vivirlo sin sufrimiento, creando pensamientos y emociones irracionales: “Si soy impaciente, soy incapaz de esperar 2, 3 ó 5 años hasta conseguir mi meta, me cansaré de luchar y desistiré mucho antes. Así nunca conseguiré mi objetivo. No puedo esperar tanto, lo voy a pasar muy mal mientras llega mi anhelado deseo. Me siento débil y desmotivada.”

Pero ser impaciente sólo es una calificación parcial de mí misma. Puedo demostrar que soy capaz de no perder la paciencia y que lo he hecho en numerosas ocasiones:

  • He estudiado una carrera durante 5 largos años. He tenido la paciencia de preparar con esmero cada práctica y cada prueba.
  • No me gusta que me den los regalos antes de mi cumpleaños, ni que me desvelen la sorpresa. Me gusta esperar a que llegue el día.
  • En ocasiones, tengo que repetir varias veces la misma explicación a algunos compañeros de trabajo, y en ningún momento pierdo la paciencia.
  • Soy capaz de viajar en avión durante más de 10 horas sin sentir ansiedad.
  • Me propongo objetivos a largo plazo.
  • etc

Sé que soy capaz de controlar mi ansiedad ante el pensamiento de que nuestro bebé todavía no llega. He demostrado en otras ocasiones que sé ser paciente. Si he podido en el pasado, puedo hacerlo esta vez también.

BYE, BYE, ETIQUETAS: ¡¡¡NO SOY IMPACIENTE!!!

 

Capítulo 6 (en progreso): El bebé no llega

Capítulo 6 (en progreso): El bebé no llega

Capítulos previos: el origen, la depresiónlas consecuencias, corazón partíola soledad.

A finales de 2009 conocí al que hoy es mi marido. Nos presentó una amiga que teníamos en común en una juerga navideña de un bar, y, aunque él nunca quiera reconocer que fue así, fui yo quien tomó la iniciativa y apostó porque ese fuese el comienzo de una bonita historia de amor.

Yo estaba muy escéptica, me costaba expresar lo que deseaba hacer en cada momento por miedo a que él me dijese que no estaba dispuesto a hacerlo conmigo e interpretaba algunos comportamientos suyos como falta de interés por mí sin que hubiese un hecho que lo justificase. Pero pronto la vida me demostró la irracionalidad de mis temores.  Aquel chico tímido disfrutaba compartiendo su tiempo conmigo, era feliz con mi familia y amigos al igual que yo lo era con los suyos, buscaba actividades que nos gustase hacer a los dos y moría de ganas por venir a verme los fines de semana. Y lo que más le importaba no era lo que hiciésemos, sino que lo hiciésemos juntos. Fue maravilloso el descubrir una nueva forma de vivir una relación de pareja.

A los 3 años desde el comienzo de nuestra relación, él me pidió formar una familia y decidimos empezar por el matrimonio. Un poquito antes de cumplir 4 añitos juntos, nos casamos, y ese mismo día comenzó nuestra búsqueda.

Lo que viene después ya lo he ido contando en algunos posts: muchas citas con ginecólogos, muchísimos análisis y pruebas, ácido fólico, sobres de complementos vitamínicos, citrato de clomifeno, pinchazos, coitos programados, aborto, IAs, FIV, betaesperas, tests de embarazo negativos, llantos, desesperación, desilusión, preocupación, citas con psicólogos, reuniones con grupos de apoyo, etc. Una etapa realmente dura.

Y ya van 22 largos meses …..

Este es el último capítulo de la serie Baches emocionales. En 6 capítulos he querido resumir aquellos episodios de mi vida que han hecho que guardase cosas inútiles en mi mochila; etapas duras en las que he ido acumulando conflictos que quedaron sin resolver. Probablemente lleguen nuevos capítulos a la serie, puesto que nadie es dueño de su destino, pero lo que sí que quiero es aprender a vivirlos conscientemente, con naturalidad y minimizando sus consecuencias devastadoras.