El poder de las palabras

El poder de las palabras

Al ser humano comunicarse con los demás le resulta extremadamente sencillo, una actividad cotidiana que no requiere apenas esfuerzo. Es por ello que continuamente vivimos expuestos a que las personas con las que nos relacionamos a diario hablen y opinen sobre lo que hacemos o decimos.

Existe un dicho popular que dice “las palabras se las lleva el viento”. No puedo estar más en desacuerdo con esta frase. Unas pocas palabras pueden tener un efecto más devastador que cualquier otro hecho.

Si observamos a nuestro alrededor la mayoría de las personas necesita la aprobación de los demás para sentirse seguras. ¡Sí, yo todavía soy una de esas! El miedo a “el qué dirán” nos paraliza. Dejamos de hacer cosas para intentar evitar que los demás tengan una razón por la qué juzgarnos.

Esa necesidad de que los otros refuercen lo que yo hago va acompañado de una baja autoestima. No confiamos en nosotros mismos, valoramos más a los demás que a nosotros mismos y por eso lo que ellos dicen influye en lo que no nosotros pensamos de nosotros mismos. Y esto se acentúa cuando las palabras vienen de las personas que más quieres.

Mamá dice:

¡Mira que eres rara!

Yo pienso:

Soy la oveja negra de la familia. Mis padres están más contentos con mi hermana. Ellos están contenta por los nietos que mi hermana les ha dado. Eso les es suficiente para que ellos puedan estar felices. Al fin y al cabo yo no les puedo dar nietos. Por eso mi madre la llama tantas veces al día y a mí apenas me llama 1 vez a la semana. Por eso mis padres sólo hablan de mi hermana y sus nietos con sus amigos. Y por eso no celebraron mi boda con los compañeros de trabajo, sólo celebraron los acontecimientos de mi hermana. No les importa si la vida me va bien o mal, porque soy una fracasada y ya me dan como caso perdido.

[Y ESTAS PALABRAS RETUMBAN EN MI CABEZA DESDE AQUEL DÍA CONSTANTEMENTE…]

Pero hemos de aprender a que nosotros no tenemos el poder de controlar lo que los demás piensen de nosotros. Además, eso no es la realidad, sino la interpretación que ellos tienen de la realidad en un determinado momento. La adicción a la aprobación de los demás significa que le damos más valor a la interpretación que los otros hacen de la realidad que a la nuestra propia.

Hemos de aprender a no tomar de forma personal las palabras de los demás. Si alguien hace un mal uso de las palabras para intentar hacernos daño,  porque se siente herido o simplemente porque no las ha medido, no tenemos que interpretarlo como una realidad absoluta. Si nosotros creemos esas palabras, seguramente nos comportaremos conforme a esa interpretación de la realidad que hemos asumido. Sin embargo, yo no he de comportarme conforme a cómo los demás dicen que soy, sino a los acuerdos que yo libremente he establecido conmigo misma.

Yo debería pensar: 

No soy rara. Cuando mi madre me dijo esto yo estaba pasando una mala racha y ella no supo entenderme. No juzgo que ella no sepa entenderme ni me enfado con eso. Entiendo que se sienta emocionada con las cosas buenas que le pasen a mi hermana. Que mi vida haya tenido más dificultades  y que no haya sabido controlar mis emociones no significa que sea una mala persona, al revés, yo tengo la creencia de que soy una verdadera luchadora.

 

Lo mismo ocurre si alguien nos dice palabras que deseamos oír. Si una persona está en un estado de ánimo feliz, utilizará un lenguaje que transmita positivismo. Sin embargo, recibir mensajes que modifiquen nuestra forma de percibir nuestra realidad no siempre es bueno, puede ser un arma de doble filo para inclinarnos por una visión menos conforme a nuestros acuerdos internos.

Así mismo, las palabras que decimos también pueden herirnos a nosotros mismos si hacemos un mal uso de ellas. Si en un momento sentimos odio y decimos cosas sin pensarlas, es probable que la persona que las reciba se sienta herida y nos devuelva ese odio, que al final nos perjudica.

La clave está en ser impecable con nuestras palabras y no tomarnos nada personalmente. De esta forma seremos justos con nosotros mismos, recuperaremos nuestra autoestima y eliminaremos la adicción a la aprobación de los demás que tanto nos esclaviza. Nos sentiremos libres y al ser libres podremos ser felices porque nuestra felicidad ya no estará jamás supeditada a lo que otros nos puedan llegar opinar.

Nosotros mismos somos responsables de soplar nuestras propias palabras.

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