Mi segundo aborto

Mi segundo aborto

Ayer fue un día muy triste, quizás el día más triste de toda mi vida. Cuando a M se le volvió a romper el corazón y yo caí al suelo rendida después de tanto esfuerzo inútil.

Ayer íbamos a buscar el alta a Barcelona y nos volvimos con un informe para que me practiquen en los próximos días un legrado. No se vio latido, no se vio embrión. Batí el récord del anterior embarazo, esta vez ni llegamos a oír su pequeño corazoncito.

Ayer nos acostamos sabiendo que hoy despertaríamos de una horrible pesadilla que era nuestra dura realidad.

Me estoy consumiendo, por dentro y por fuera. Se me acaban las fuerzas para continuar la lucha. Y me he llegado hasta plantearme abandonar este proyecto del todo y vivir feliz con la persona más maravillosa que he tenido suerte de tener a mi lado. Él lo es todo, el único que me ha demostrado que yo soy lo más importante que tiene. M, mi familia.

A ratos pienso si nuestros embrioncitos saben que el mundo que esta sociedad deja es una auténtica mierda, que no quieren un planeta sin capa de ozono ni vivir sin saber si podrán disfrutar de una pensión digna a los 80 años. ¿de verdad, mis pequeños amores? ¿es eso lo que queréis decirnos?

Esto es muy injusto. Somos 2 buenas personas que se quieren muchísimo. No nos merecemos que tengamos que vivir esta situación tan tremendamente dura.

Sólo me mueve la esperanza de  que algún día pueda pensar que la vida tiene sentido, aunque ahora en estos momentos desee incluso morir.

M, lucharé porque te quiero, porque eres lo único que da sentido a mi vida y mi amor por tí la luz de mi camino. ¡TE QUIERO!

 

 

 

 

 

La felicidad del ignorante

La felicidad del ignorante

¡Qué levante la mano el que ha corrido a ver el resultado de un examen segundos después de que el profesor colgase la lista en el tablón de anuncios de la Universidad! ¡o la que no ha podido esperar a hacerse la beta y 2 días antes ya ha probado a ver si se veía la segunda rayita de un test de embarazo!

¡Señores y señoras! Aunque no lo creáis, aunque mi marido crea que soy la persona más impaciente del Universo…. yo suelo meditar acerca de cuándo es el mejor momento conocer ese dato y prefiero esperar a ese mejor momento, aunque me coma la incertidumbre.

Hace mucho tiempo que pienso que soy adicta a la protección emocional. Me cuesta enfrentarme a los eventos fortuitos que causan dolor. Me considero una persona pesimista, y eso hace que ante un dato incierto, siempre tienda a pensar que se resolverá como negativo y por lo tanto me causará dolor.

Me he acostumbrado a vivir la duda y la incertidumbre como un estado confortable, y a prolongarlo al máximo siempre que he podido.

Creo que la primera vez que fui consciente de mi adicción fue cuando rompí mi relación con mi anterior pareja y me di cuenta de todos los años que había vivido sin hablar las cosas con sinceridad. Tenía miedo a saber la verdad, porque la verdad me haría sentir la necesidad de tomar decisiones drásticas muy dolorosas. Y aprendí a vivir en la ignorancia y sobre ella construía mi propia interpretación de la realidad. Pensaba que las cosas serían como yo quería que fueran y me negaba a saber cómo realmente eran. Vivía en un eterno Carnaval.

Creo que ye mejorado muchísimo en este aspecto. Poco a poco voy aprendiendo que prolongar el conocer una realidad negativa no me hace sufrir menos, al contrario, sufro 2 veces: el periodo de incertidumbre y después el de duelo. Sin embargo, creo que en ocasiones todavía no consigo salir de la zona de confort de la ignorancia.

 

 

Los fantasmas del aborto

Los fantasmas del aborto

A los pocos días de conocer la noticia de que íbamos a ser papás los fantasmas del aborto se instalaron en mi cabeza. La primera euforia había pasado y todavía quedaban alrededor de 10 días hasta poder tener nuevas evidencias de que 1 ó 2 nuevas vidas se estaban gestando en mi interior. Y lo único que tenía que hacer yo era tener paciencia y dejar pasar el tiempo.

Empecé a tener ganas de orinar mucho más frecuente de lo normal, sin embargo, tenía pánico a ir al baño, bajarme las braguitas y ver allí la primera mancha de sangre que me indicase que iba a suceder lo mismo que la otra vez. Y en el caso de que la prueba de la ropa interior fuese superada, todavía me quedaba el test del papel.

La progesterona no ayudaba, esa cápsula pringosa que se iba disolviendo y dejaba la zona húmeda, hacía que tuviese dudas acerca de si aquella humedad estaba escondiendo otro indeseado fluido que hubiese podido aparecer desde la última vez que había ido al baño.

Estaba muy inquieta. EL nerviosismo me generaba todavía más ganas de ir al baño, y cuando pensaba que tenía que ir al baño, prolongaba esa angustia para evitar el dolor de encontrarme con una durísima realidad.

Si M estaba en casa, le pedía que me acompañase a orinar para sentirme protegida, y celebrábamos cuando el papel nos confirmaba que no había aparecido lo que no queríamos ver.

Hoy por hoy, todavía me invade esa preocupación. Creo que he conseguido que no me paralice, que me permita ilusionarme con mi embarazo e incluso hacer algunos planes para cuando nazca el/los bebé(s). Pero continuamente recuerdo aquella mañana en que rescaté a  mi querido angelito de 2cm en un trozo de papel higiénico al limpiarme, evitando que se fuese por la taza del inodoro. Recuerdo la sangre y la contracción que sentí aquella noche. Y tengo pánico a que todo eso se repita.

El miedo de una mujer embarazada tras un aborto es grande, el miedo de una mujer infértil que ha conseguido embarazarse tras varios tratamientos es enorme. ¡Imaginad cómo puede ser el miedo de una mujer infértil que ha conseguido embarazarse tras un largo proceso de fertilidad y un aborto previo!  TERRORRRRRR

Sé que va a ser muy duro hasta que pase el hito de la semana 10. No puedo evitar comparar los datos con la anterior gestación y me va a costar mucho abstraerme de ello. Pero tengo que conseguir confiar en que esta vez va a ser la buena, en que todo esto va a salir bien….porque lo merecemos y porque nuestro(s) embrioncito(s) también lo merece(n).

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Te echamos de menos garbancito, te queríamos y siempre te querremos. Nunca podré olvidarme de tí. Allí donde estés, por favor, piensa en que gracias a tí, mamá y papá han sido capaces de luchar por la vida de tus hermanitos. Tú les distes el valor, el coraje y sobre todo la ESPERANZA. 

 

 

El miedo a no entrar en los pantalones

El miedo a no entrar en los pantalones

Desde que empecé a tener trastornos con la comida siempre me ha acompañado un miedo horrible a enfundarme según que ropa en aquellos momentos en los que he considerado que mi cuerpo no ha estado  dentro de los límites permitidos. Y utilizo el verbo CONSIDERAR porque siempre han sido miedos irracionales que no han estado fundamentados en ninguna hecho objetivo. Es más, casi siempre que he conseguido superar el temor y me he lanzado a probarme esa ropa ajustada que ha estado colgada en el armario desde la temporada anterior, me he llevado la grata sorpresa que ningún michelín asomaba por ningún sitio.

Desde que abandoné la pesada semanal que me confirmase que podía ponerme unos vaqueros sin remordimientos, siempre he huido de los pantalones sin elástico y todo tipo de ropa ajustada cuyos botones pudiesen revelar que había tenido una semana feliz. Los lunes evitaba según qué prendas, pues el fin de semana seguro que había cometido muchos excesos y era mejor esperar esos 5 días de dieta sana y deporte para recuperar la figura y asegurarse que entraban bien. Y preparar la maleta para unas vacaciones de 1 semana requería de una complicada estrategia para reservar ropas anchas para todos los días y poder meter dentro la carga extra adquirida en los restaurantes.

Todo esto ha hecho que ni siquiera me haya gustado ir a comprar ropa, y que en los últimos años casi todo lo haya adquirido por Internet.

Es curioso, porque la gente puede llegar a pensar cuando alguien está obsesionado por no engordar, lo hace porque es muy presumid@ y quiere poder lucir la última moda. Nada más lejos de la realidad, a mí la ropa estrecha siempre me ha hecho sentir grande dentro de algo pequeño, nunca me he visto bien dentro de unas mallas y siempre me ha incomodado una blusa ceñida.

Siempre he pensado que no sé si seré capaz de superar estos miedos alguna vez. Me preocupa cómo reaccionaré cuando tras el parto necesite utilizar 2 tallas más de lo habitual y me vea forzada a renovar mi vestuario. Es una asignatura pendiente que tengo que trabajar.