Capítulo 6 (en progreso): El bebé no llega

Capítulo 6 (en progreso): El bebé no llega

Capítulos previos: el origen, la depresiónlas consecuencias, corazón partíola soledad.

A finales de 2009 conocí al que hoy es mi marido. Nos presentó una amiga que teníamos en común en una juerga navideña de un bar, y, aunque él nunca quiera reconocer que fue así, fui yo quien tomó la iniciativa y apostó porque ese fuese el comienzo de una bonita historia de amor.

Yo estaba muy escéptica, me costaba expresar lo que deseaba hacer en cada momento por miedo a que él me dijese que no estaba dispuesto a hacerlo conmigo e interpretaba algunos comportamientos suyos como falta de interés por mí sin que hubiese un hecho que lo justificase. Pero pronto la vida me demostró la irracionalidad de mis temores.  Aquel chico tímido disfrutaba compartiendo su tiempo conmigo, era feliz con mi familia y amigos al igual que yo lo era con los suyos, buscaba actividades que nos gustase hacer a los dos y moría de ganas por venir a verme los fines de semana. Y lo que más le importaba no era lo que hiciésemos, sino que lo hiciésemos juntos. Fue maravilloso el descubrir una nueva forma de vivir una relación de pareja.

A los 3 años desde el comienzo de nuestra relación, él me pidió formar una familia y decidimos empezar por el matrimonio. Un poquito antes de cumplir 4 añitos juntos, nos casamos, y ese mismo día comenzó nuestra búsqueda.

Lo que viene después ya lo he ido contando en algunos posts: muchas citas con ginecólogos, muchísimos análisis y pruebas, ácido fólico, sobres de complementos vitamínicos, citrato de clomifeno, pinchazos, coitos programados, aborto, IAs, FIV, betaesperas, tests de embarazo negativos, llantos, desesperación, desilusión, preocupación, citas con psicólogos, reuniones con grupos de apoyo, etc. Una etapa realmente dura.

Y ya van 22 largos meses …..

Este es el último capítulo de la serie Baches emocionales. En 6 capítulos he querido resumir aquellos episodios de mi vida que han hecho que guardase cosas inútiles en mi mochila; etapas duras en las que he ido acumulando conflictos que quedaron sin resolver. Probablemente lleguen nuevos capítulos a la serie, puesto que nadie es dueño de su destino, pero lo que sí que quiero es aprender a vivirlos conscientemente, con naturalidad y minimizando sus consecuencias devastadoras.

Capítulo 5: La soledad

Capítulo 5: La soledad

Capítulos previos: el origen, la depresión, las consecuencias, corazón partío

Tras la ruptura sentimental tuve que tomar unas cuantas decisiones, pero la más urgente e importante era la del sitio donde iba a ir a vivir a corto plazo (recordemos que yo estaba viviendo en su casa y, para más inri, su hermana vivía en el piso de debajo suyo). No quería volver a vivir en una habitación de un piso compartido ni volver a casa de mis padres, a 60km de mi puesto de trabajo, pero en el punto álgido de la burbuja inmobiliaria los alquileres no eran nada baratos y no quería precipitarme y firmar un contrato de alquiler para un año entero sin mirar bien las opciones que tenía. Finalmente me decidí por buscar una habitación temporal en la que pudiese entrar a vivir la semana siguiente y poco a poco mirar una alternativa mejor.

Una semana después ya tenía alojamiento acordado y me había instalado en mi nueva habitación. Luego, poco a poco, empecé a trasladar mis cosas en mi pequeño coche utilitario cuando él no estaba en casa. Una vez sacado todo, llamé a su familia para despedirme y allí acabó todo.

Los meses que siguieron fueron difíciles. Cuando me levantaba por la mañana me sentía fuera de lugar. Intentaba pasar la mayor parte del día en el trabajo y, cuando volvía a casa, me iba directa a mi habitación. Salía a cenar al salón y estaba rodeada con gente desconocida, me encontraba extraña.  No podía lavar la ropa cuando lo necesitaba pues debía esperar a que el tendedor estuviese libre, también había que coordinarse para cocinar y no siempre encontrabas tazas limpias para el desayuno. Los fines de semana iba a casa de mis padres y los domingos cuando volvía era un momento muy triste.

Me encontraba muy sola. En esos 4 años no había hecho amigos; mi ex-pareja era muy solitaria y apenas habíamos vida social, así que apenas había tenido oportunidad de relacionarme con otras personas. Así que dejé a un lado mi timidez y empecé a apuntarme a todas las actividades y quedadas de un grupo que se había formado en el curso de inglés de la Escuela Oficial de Idiomas.

Precisamente fue una amiga de la EOI quien me dijo que su vecino tenía un apartamento en alquiler en el centro. Era mi oportunidad de trasladarme a un sitio más cómodo y que, además, me ofrecía sentirme arropada por unos amables vecinos y amigos. A los pocos meses me trasladé a ese apartamento.

En mi apartamento de soltera me encontraba mucho mejor, pero seguía estando muy muy sola. De domingo por la noche a viernes por la tarde prácticamente no me relacionaba con nadie; no tenía ni familiares ni amigos íntimos a quien recurrir con confianza. Seguía con mis clases en la EOI, me apunté a actividades en la piscina climatizada e iba al taller de una modista a que me enseñase a coser, todo con el fin de tener todo mi tiempo ocupado.

Sufrí mucho insomnio en esa época. Cuando abría los ojos por la noche deseaba que fuesen más de las 6 de la mañana, porque me era muy difícil poder volver a conciliar el sueño. Hoy pienso que era mi modo de estar alerta, mi subconciente debía sentirse desprotegido.

En una ocasión me puse enferma, unos pinchazos horribles en la boca del estómago aparecían en cadencia. No podía moverme para bajar a coger el coche e irme a urgencias. Todavía hoy me puedo ver tumbada encima de la cama sin poder moverme. Al día siguiente ya pude ir al hospital. Diagnóstico: gastritis. Ese día me sentí muy desamparada.

Esos 3 años fueron muy duros, pero me hicieron volverme muy fuerte. Aprendí a ser totalmente independiente, a hacer todas las cosas yo sola y saber que no necesitaba a nadie para salir adelante.

Capítulo 4: Corazón partío

Capítulo 4: Corazón partío

Capítulos previos: el origen, la depresión, las consecuencias

Poco después del descubrimiento de que iba a necesitar una dieta eterna, en el verano de 2003, conocí a mi anterior pareja. Yo era becaria en la empresa en la que trabajo hoy en día y estaba preparando mi Proyecto Fin de Carrera. Todo era perfecto: ya no vivíamos en casa de nuestros padres, estábamos en la misma ciudad con lo que podíamos vernos todas las tardes-noches y ambos teníamos independencia económica para poder salir a cenar fuera o hacer una escapada de fin de semana. ¿qué más se podía pedir?

La relación era perfecta y estábamos muy enamorados, así que al año y medio (durante el verano del 2005) decidimos que ya era hora de dar un paso más y comenzar a vivir juntos. Esos 2 años yo había estado viviendo en un piso compartido con otras chicas y él en un piso de su propiedad, así que fui yo la que cogí mis bártulos y me instalé en su casa. Al principio la convivencia era estupenda, no discutíamos nunca y nos llevábamos muy bien. Sin embargo, poco a poco las cosas empezaron a cambiar…

Él empezo a obsesionarse por hacer deporte y ponerse cachas. Se montó un gimnasio en una habitación de la casa y todos los días pasaba de 1 a 2 horas en ella. Los fines de semana salía con la bici de carretera,  se apuntaba a carreras con la bici de montaña o practicaba ski de fondo. Sólo quería comer pasta fresca con salsa de tomate, pechugas de pavo a la plancha y tortillas hechas únicamente con clara de huevo. Además tomaba litros y litros de batidos hechos con polvos de botes de 5kg que adquiría en Internet y que decían ser proteínas.

Llegó un punto en el que decidimos que era mejor que cada uno se preparase su propia comida. Cuando se acababan sus víveres, él se pasaba por el supermercado si no lo había hecho yo antes, pero de mis víveres sólo me preocupaba yo.

Él era muy solitario y no tenía ningún amigos “autóctonos”; yo era hija adoptada del municipio con lo que tampoco conocía a nadie allí, así que siempre estábamos solos.

Pronto dejó de querer venir con mi grupo de amig@s y de acudir a las comidas con mi familia (en otra ciudad) los fines de semana.  Cuando no era temporada de ski o no había programada una carrera, prefería quedar con un par de amigos de fuera, coger el coche e irse a una famosa discoteca hasta altas horas de la mañana. Así que cuando llegaba el viernes me preguntaba: ¿qué vas a hacer este fin de semana? Y el domingo cuando volvía de casa de mis padres: ¿qué tal te ha ido?

Él amueblaba su casa a su gusto, y yo ahí poco tenía que decir, era su casa y su dinero. Yo no sentía que su casa fuese mi estación base donde tener mis cosas, así que, en pleno auge de la burbuja inmobiliaria, decidí comprarme mi propio apartamento cerca de casa de mis padres, con la finalidad de que él se animase a compartir los fines de semana conmigo. Elegí un apartamento de 2 habitaciones que, visto hoy en día, tenía un precio exageradamente alto, y entregué una pequeña entrada como fianza hasta que terminase su construcción.

En Enero de 2008 salí de viaje por trabajo con otros compañeros durante 12 días. Durante el viaje ellos llamaban a sus novias y mujeres diariamente, no paraban de hablar de ellas, les compraban regalos, en resumen, las echaban de menos; sin embargo, yo no veía que mi pareja sintiese lo mismo. A la vuelta del viaje le pedí que viniesea a buscarme a la estación de autobuses para ayudarme con las maletas, a lo que él me contestó: Si te lo paga la empresa, ¿por qué no te coges un taxi? Y allí me di cuenta de que no merecía la pena sacrificar el deseo de ser madre para sostener esa relación.

Él no quería tener hijos. Su vida era confortable tal cual era y no tenía necesidad de cambiarla. Su padre le había dejado un negocio con el que había hecho mucho dinero y consideraba que tenía la vida resuelta. Si quería hacer deporte se montaba un gimnasio en casa;  si quería tomar el sol compraba una lámpara de rayos UVA, si le apetecía hacer escalada, mandaba a un empleado de su empresa a hacerle un rocódromo. No deseaba gente a su alrededor a las que tuviera que atender, necesitaba ir a su aire, ser independiente. Por lo tanto, tener hijos no estaba dentro de sus planes de vida, y yo creo que tampoco tener una pareja , al menos en la forma en que yo lo deseaba.

Únicamente durante el último año de relación él me confirmó su negación de la paternidad. Durante los primeros años eramos jóvenes y ni siquiera nos lo planteábamos, más él decidió ocultar (creo yo) ese dato para que yo no saliese por patas. Más tarde, cuando la relación ya estaba bastante avanzada, debió de sentirse un poco traidor y empezó a hacer comentarios puntuales insinuando que no lo tenía del todo claro, pero yo no preguntaba por no escuchar lo que mis oídos no querían oir, asumiendo que era un tema de inmadurez y que cambiaría con el tiempo.

El tema niños era un tema tabú en nuestra relación, hasta que un buen día me armé de valor, rechacé la felicidad del ignorante y le pregunté sin rodeos. Y fue entonces cuando supe la verdad verdadera: él no iba a darme ningún hijo.

Así que en Febrero de 2008, tras volver de mi viaje revelador, decidí romper la relación y aborté la operación de compra del apartamento. Él se sintió herido y me reprochó que priorizase mi instinto maternal a mi amor por él, pero esa relación no tenía ya ningún sentido para mí, ni con hijos ni sin ellos.

Él es un buen chico y no le guardo ningún rencor, al revés, le deseo todo lo mejor, pero él no era la pareja que yo buscaba. Ojalá él haya encontrado o encuentre algún día una persona que encaje en su vida al igual que yo la he encontrado.

Capítulo 3: Las consecuencias

Capítulo 3: Las consecuencias

Ver entradas relacionadas anteriores: El origen, La depresión

…. Y llegó el verano del 2001. Me molaba ir a las tiendas a comprar ropa y todavía más que la gente te dijese lo guapa que me veían; me sentía cómoda con mi nueva imagen. Solucioné el tema del alojamiento para el siguiente curso académico: una amiga de toda la vida me había ofrecido una habitación que había quedado libre en su piso de alquiler. Mi infierno había terminado, me sentía muy feliz y decidí que era hora de olvidarme de la báscula y volver a comer de forma normal de nuevo.

Y los 2 años siguientes los disfruté a tope. La convivencia con mis compañeros de piso era genial: nos turnábamos para cocinar, hacíamos la compra común, comíamos y cenábamos juntos, compartíamos muchos momentos junto a la televisión… También empecé a conocer y relacionarme con mucha gente: amigos de unos y otros se pasaban por el piso, organizábamos cenas, acudíamos a las fiestas universitarias…Sacar notas más que decentes me resultaba cada vez más fácil. Me apunté a una academia para sacarme el carnet de conducir y también a clases de alemán. Todo era ideal, y yo siempre estaba sonriente y alegre.

Pero pronto empecé a darme cuenta de que los pantalones empezaban a no poderse abrochar y que las fotos mostraban mi sonrisa entre dos molludos mofletes. Entonces una alarma saltó en mi cabeza y me di cuenta de que no podía tener el cuerpo que yo deseaba simplemente dejando de picotear entre horas, sino que iba a tener que cambiar mis habitos alimenticios para siempre. Y volví a iniciar una nueva dieta, aunque en esta ocasión no tan radical.

Y desde entonces soy esclava de mi cuerpo. No puedo soportar la idea de volver a engordar y prefiero que me ocurra casi cualquier cosa (perder el empleo, por ejemplo) a verme con unos kilitos de más. Para mí sería una verdadera tragedia volver a ver en un espejo un cuerpo que no conseguiría aceptar.

En otro post profundizaré en estos temas de la obsesión por estar delgada y de cómo me afecta al tema de la fertilidad y una posible futura maternidad.

Capítulo 2: La depresión

Capítulo 2: La depresión

Como comenté en el post que titulé El origen, a comienzos de 2001 caí en una depresión provocada por mi obsesión por tener un cuerpo 10 a la vez que trabajaba por  un expediente académico con el mínimo número de manchas posibles. Volver al piso de estudiantes después de las Navidades se me hizo realmente duro, estaba muy triste y además tuve la mala suerte que la relación con mis compañeras de piso no era nada buena. Ellas habían quedado un poco más rezagadas que yo en las asignaturas y no habían podido pasar al 3er curso, mientras que yo sí que había conseguido sacar todo lo de los cursos anteriores con resultados bastante buenos, y eso creó una relación tensa con una de ellas. No sé si porque ella era muy orgullosa o estaba un pelín celosa; la verdad es que ni siquiera lo llegué a saber nunca, pero su comportamiento hacia mí comenzó a ser cada vez más extraño, como tratando de ignorarme o despreciarme, ni siquiera lo sé exactamente porque no lo llegué a descifrar jamás.

Me refugié en otras muy buenas amigas del grupo, a las que tengo mucho que agradecer, e intentaba pasar con ellas el máximo número de horas en la Universidad. Quería estar el menor tiempo posible ese piso generador de angustia. Cuando volvía por las noches me encerraba en mi habitación a estudiar; no creo que fuese únicamente por no comer, creo que también se convirtió en el modo de evitar toda posible relación con mis compañeras, como un modo de escape. Pasaba frío, había perdido una buena capa de grasa y tampoco llegábamos a un acuerdo acerca del encendido y el apagado de la calefacción. Dejé de tener la regla.

Y acabaron las clases y llegó la época de exámenes;  y yo hice mis maletas y me fui de vuelta a casa de mis padres a intentar sobrevivir. Y allí empecé a subir la cuesta más dura de mi vida. Me levantaba por las mañanas deseando que llegase la hora de irme a la cama, y ese deseo me provocaba angustia porque  el tiempo pasaba y  no conseguía concentrarme, y Febrero se aproximaba amenazantemente. Incluso llegó a haber momentos en que hubiese preferido no seguir viviendo. Los días pasaban muy lentos.  Mis padres se iban a trabajar y me quedaba sola en casa, cogía mis cosas e iba del dormitorio a la cocina, y de la cocina al dormitorio, y ponía música animada de fondo que me hiciese compañía, y el sonido de las llaves en la puerta era la más maravillosa melodía que sonaba durante toda la tarde.

Durante el “exilio” continuamente me venía a la cabeza el piso de estudiantes, no quería volver allí nunca más. Mi madre intentaba buscarme una alternativa, que, evidentemente, suponía un gasto añadido para ellos: buscar un piso para mi hermana y para mí, mirar si yo podía entrar en alguna residencia de estudiantes con el curso ya empezado, buscar alojamiento en otro piso, etc. Y yo pensaba en el dinero que se estaban gastando en pagar el alquiler de ese piso y sufría por el esfuerzo que les estaba suponiendo y que yo estaba derrochando como una niña consentida. Además de triste y angustiada, me sentía culpable.

El tiempo pasó …. y superé el gran hito: Febrero 2001  ¡Por fin!

Si bien es verdad que en esta vida me he tropezado unas cuantas veces, también lo es que he sabido buscar ayuda en los profesionales cuando lo he necesitado. Tras esas espantosas semanas, acudí por primera vez a un psiquiatra que me diagnosticó la depresión, y comencé a tomar antidepresivos. Y también volví al piso de estudiantes;  había pensado que intentaría estar durante el día ocupada en la Universidad y volvería únicamente a dormir,y en paralelo iría buscando alternativas para el siguiente curso.

Cuatrimestre nuevo, vida nueva. Y se fue el invierno y llegó la primavera con el buen tiempo. Poco a poco empecé a comer un poco más y a no sentirme mal por ello. Volvió a aparecer la regla.

Finalmente, las aguas habían vuelto a su cauce.

Capítulo 1: El origen

Capítulo 1: El origen

El día que decidí que podía y quería ser delgada fue uno de los principales puntos de inflexión en mi vida. No, mejor dicho, yo creo que fue EL PUNTO DE INFLEXIÓN; por eso he titulado este capítulo “El origen”.

De niña era una niña gordita a la que se le daban mal los deportes; aunque lista y muy aplicada, eso sí. Una hija casi perfecta (trabajadora, obediente, alegre, risueña, etc) y una nieta perfecta del todo (nunca dejaba nada en el plato 😉 ) . De adolescente seguía teniendo unos kilitos de más, pero seguía siendo brillante. Y llegué a la Universidad, donde dejé de tener unos resultados académicos tan excelentes, aunque esos kilos de más no se fueron con ellos 😦  . La verdad es que nunca me había planteado intentar cambiar mi cuerpo; siempre había sido así y asumía que así lo iba a ser siempre, y,  aunque hubiese preferido que mi físico fuese de otra forma, lo aceptaba tal y como era.

Pero a mis 20, algo cambiaría en mi vida que hizo que pasase por mi cabeza una imagen de mi cuerpo delgado y estupendo, el pasar de vivir en una residencia de estudiantes con un menú altamente calórico a compartir un piso de alquiler con 2 compañeras de clase. ¡Tenía en mis manos la posibilidad de dejar de ser gordita! ¡Lo quería! Y lo quería YA.

Y esta fue la fórmula aplicada y el resultado obtenido:

Perfección + Impaciencia + Fuerza de Voluntad  = Obsesión

Prohibí a mi madre que me preparase ningún tipo de comida en tupper. Empecé a reducir drásticamente la cantidad de calorías ingeridas y salía a correr cada día al terminar las clases. Calmaba la ansiedad con tabaco. En poco tiempo obtuve resultados significativos; todavía no tenía el valor de subirme a una báscula pero notaba que la ropa empezaba a quedarme grande. Y eso me animaba a limitar todavía más mi combustible,  con el fin de llegar a mi meta cuanto antes.

A los 4 meses, en Febrero, comenzó el primer periodo de exámenes y yo llegué con la batería al mínimo. Estaba muy débil. Sentía que un fracaso absoluto estaba a punto de llegar a mi vida; iba a suspenderlo todo, perdería el curso, me quedaría atrás con los chic@s de la siguiente promoción, los suspensos no gustarían a las empresas, nadie me daría trabajo, no tendría de qué vivir… ¡CATÁSTROFE!

Y caí en una DEPRESIÓN (hablaré de ello en otro post), hecho que ha marcado el resto de mi vida y que cargó mi mochila con diversos conflictos emocionales, algunos de ellos ya resueltos,  y otros que todavía perduran…

¡¡¡A POR ELLOS!!!

TIC-TAC TIC-TAC TIC-TAC

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Fue allá por el 2008, tras una dolorosa ruptura sentimental, durante una tarde de invierno (probablemente, no recuerdo con precisión la época exacta) en la que mi hermana me empujó a salir de casa en un intento por levantar mi ánimo. Nos fuimos a un bar; recuerdo el local y la situación aproximada de la mesa, eso sí.  Durante la velada, ella (2 años menos que yo) me reveló su plan infalible de felicidad:

Nosotros ya lo tenemos hablado. Ahora nos vamos a vivir juntos y en dos años nos casamos. Enseguida tendremos un hijo y a los dos años otro, luego la ligadura de trompas, y a VIVIR!!!

Y allí estaba yo, rozando la treintena, sin siquiera saber qué es lo que iba a hacer durante los próximos 7 días. ¡Horror! ¡No tenía un plan infalible! ¡no podría ser feliz!

Fue en ese momento que adquirí un reloj, lo puse con la cuenta atrás y lo guardé en mi mochila a buen recaudo. ¡No tenía tiempo que perder! Si el contador llegaba a 0 y no tenía un marido, una hipoteca y 2 ó 3 hijos, no iba a poder alcanzar la felicidad nunca jamás. Porque no se trataba de un reloj cualquiera, no, se trataba de un reloj  nada más y nada menos que BI-O-LÓ-GI-CO.

Desde entonces revisaba diariamente que mi reloj siguiese allí en un bolsillo de mi mochila. Era indispensable que me recordase que necesitaba ese plan infalible YA, que cada hora me dijese cuanto tiempo restaba hasta que tuviese que abandonar la idea de poder ser feliz algún día. Un reloj muy preciso, oiga,  y con la pila bien cargadita. Y además, con una funcionalidad premium: cada día que pasaba me daba un nuevo aporte de angustia, ansiedad, desesperación y tristeza.

Cuando alguien nos nombra las palabras reloj biológico una tiende a acordarse de su vecina cotilla que dice algo de un arroz que se pasa. De niños, nos enseñaron que el hombre NACE-CRECE-SE REPRODUCE-MUERE. Según esa teoría, lo único que el ser humano tiene que hacer conscientemente es reproducirse, ¿no?. ¡ah! Debe ser por eso que cuando alguien nos habla del reloj biológico se refiere al arroz, es lo único en lo que uno puede despistarse. Pero, ¿es eso cierto?, ¿es ese el único tren que uno puede perder?

Existen muchas aspectos de la vida en los que la edad es un factor realmente importante. Conforme pasan los años,  la capacidades de nuestro cuerpo y nuestra mente se van viendo mermadas, y, consecuentemente, van aparececiendo limitaciones para realizar algunos de los cosas que nos resultaron sencillas y placenteras cuando éramos más jóvenes. Son varios, por tanto,  los relojes biológicos que entran a formar parte en el juego, y nosotros los que hemos de decidir cuándo queremos ó podemos ponerlos en marcha, a sabiendas que a veces no todos pueden funcionar a un mismo tiempo.

Y yo, ¿qué relojes tengo en marcha? ¿alguno ya paró? ¿cuales pueden seguir funcionando? ¿qué reloj está esperando a que yo lo ponga a contar hacia adelante?

Veamos:

  • 3-25 años, reloj biológico del ESTUDIO y la FORMACIÓN
  • 0-? años, reloj biológico de la JUVENTUD y la BELLEZA
  • 23-? años, reloj biológico de la SALUD y el DEPORTE
  • 22-? años, reloj biológico de la CARRERA PROFESIONAL
  • 25-? años, reloj biológico de los VIAJES
  • 23-? años, reloj biológico de la PAREJA y la SEXUALIDAD
  • ? años, reloj biológico de la MATERNIDAD

Oye,  no está tan mal, ¿no? 1 parece que ya paró, otros 5 siguen allí en marcha y sólo 1 no ha llegado a arrancar. ¿qué hubiese ocurrido si el reloj biológico de la maternidad hubiese empezado a contar algunos años atrás?  Probablemente hubiese tenido que pausar algunos de mis otros relojes, ¿no?, y quién sabe si con esperanzas de que volviesen a funcionar de nuevo otra vez con idéntico ritmo y energía.

NO ES DEMASIADO TARDE NI DEMASIADO PRONTO, ES MI MOMENTO