¿Por qué lo llaman preocupar cuando quieren decir cotillear?

¿Por qué lo llaman preocupar cuando quieren decir cotillear?

Tras esta última interrupción de embarazo tuve que cancelar mi asistencia a  una”despedida de soltera” a la que me había apuntado unas semanas antes para festejar la salida de la soltería de una muy buena amiga. Desconocía cuándo iban a practicarme el aborto medicalizado y cuántos días estaría recuperándome. También dudaba de que tuviese ganas viajar con un grupo en el que vendrían varias mamás dispuestas a soltarse la melena y que seguramente aprovecharían la ocasión para consolarse las unas a las otras sobre lo duro que es ocuparse de sus fieras. Y por supuesto nos recordarían a las demás asistentes lo afortunadas que éramos de librarnos de pasar un duro verano cuidando de las crías mientras esperan con ansias que las guarderías volviesen a la carga en Septiembre para librarles de semejante tortura.

Así que decidí abortar la operación “despedida de soltera” y quedarme tranquilamente en mi casa.

No tenía ganas de dar ningún tipo de explicación. Sólo un grupo muy reducido de personas están al tanto de nuestro problema y no vemos necesidad de que nadie más lo sepa. No es que queramos esconderlo, pero no creemos que contarlo nos aportase nada más que muchas preguntas y caras de lástima. Así que mandé un mensajito al grupo de amigas diciendo que finalmente no podría asistir al evento por motivos personales, asegurando que no era importante y que me encontraba bien.

Y ese mensajito debió de causar mucha intriga. A los pocos días recibí otro mensajito de una de ellas diciéndome lo preocupadísima que estaba por mí y preguntándome si me pasaba algo, y tuve que contarle parte de la razón por la que no iba para no dar más que hablar.

Ella confesó que habían comentado el tema  con otra amiga y que habían imaginado el problema que podía haberme hecho cancelar la juerga. Posteriormente una de las amigas que sí sabe lo que me pasa también fue interrogada al respecto para ver si desvelaba del codiciado secreto.

La verdad es que todo esto me hizo reflexionar sobre lo bien que queda la frase “estoy muy preocupada por ti” para obtener información de algo cuando te pica la curiosidad. Porque sinceramente, dudo mucho que el nivel de preocupación estuviese a la altura a la frase. He estado muy chunga durante los 2 últimos años, y eso, es imposible que pase desapercibido para un buen amigo al que le importas de corazón: no sales, no ríes, no te relacionas con la gente…

Por lo tanto en este caso la frase “estoy muy preocupado por tí” es mágica, si consigues ablandar a tu amigo ganas un cotilleo de cuidado y además se da cuenta  del buen corazón que tienes.

 

 

 

 

La frustración de no encontrar el amor

La frustración de no encontrar el amor

Hoy quería dedicar unas a las palabras a aquellos que sueñan con encontrar el amor de su vida y no consiguen encontrarlo.

El amor frustrado es un sentimiento que puede ser todavía más duro que el que sentimos l@s infértiles. Lo sé, porque antes de ser infértil, también descubrí lo duro que era afrontar la vida en solitario para alguien al que desea tener pareja. Y hoy por hoy, habiendo vivido ambas situaciones, puedo decir que a mí me resultó mucho más duro lo primero.

La soltería no puede solucionarse en una clínica; no es cuestión de dinero, de intentos o de buscar alternativas. Encontrar una buena media naranja es muy difícil para quien no se conforma con un medio pomelo, limón, lima o mandarina. Y puede depender de una simple casualidad que nunca puede llegar a darse.

Reconocer que estás buscando pareja es un tema incluso más tabú que explicarle a alguien que necesitas ayuda de la ciencia para ser mamá/papá, y mucho más en el caso de las mujeres. Nos avergüenza reconocer que no tenemos pareja pasado los 30 y solemos recurrir a ¡con lo bien que vivo sólo sin nadie a quien dar explicaciones!  o a un ahora mismo no es el momento.

Hay quien, a la desesperada, inicia relaciones que difícilmente pueden acabar bien. Otros simplemente lo intentan, una y otra vez, sufriendo continuos rechazos. La frustración y las ganas de que el amor llegue pronto, les hace actuar sin tener claro qué es lo que se busca y qué no. Y los continuos fracasos no hacen sino incrementar todavía más el pesimismo y la frustración.

Hace poco me di cuenta que hay personas sin pareja que pueden tener sentimientos hacia los matrimonios felices similares a los que tenemos las infértiles hacia las embarazadas, que prefieren estar en entornos en que haya mayoría de singles y evitan encontrarse con situaciones que desearían para ellos.

Siento una enorme compasión por estas personas, porque me veo reflejado en ellas. Me encantaría que comprendiesen cómo les entiendo, aunque seguramente ellos piensen que me es muy fácil decirlo porque yo sí tengo pareja, como yo pensaría de una amiga que dice comprenderme teniendo ya en sus brazos a su bebé.

Y me gustaría que acudiesen a mí, a pedirme consejo sobre cómo afrontar una situación así, y que no me vean como un alma enamorada sino como alguien que luchó con toda su energía por encontrar a su compañero.

 

 

 

 

¿nací o me hice infértil?

¿nací o me hice infértil?

Muchas veces pienso que yo no nací infértil; es más, a veces creo que en un momento de mi vida yo decidí ser infértil. ¿decidir ser infértil? ¡qué masoquismo! ¿cómo puede se eso?

No creo en el destino ni en ningún Dios que haya decidido condenarme a no poblar este mundo de hijos en los que pueda infundir mis filosofía de vida atea. De hecho, si fuese así ya no podría definirme como no creyente. Y dados los antecedentes tampoco creo que mi fertilidad haya sido la más desafortunada herencia que mi familia haya querido dejarme.

A los 27 años, tras unos años de auto-disciplina para reprimir mis instintos maternales y poder contentar a mi pareja de por aquel entonces no castigándole con la paternidad, decidí volverme infértil. Y a las pruebas me remito, la mujer cabezota que siempre ha querido llevar la razón aunque sea a costa de su propio dolor ha conseguido demostrar a todo el mundo que no se puede quedar embarazada.

Por aquel entonces castigaba a mi cuerpo limitándole el combustible. La relación de pareja no funcionaba. Yo no podría tener hijos nunca, y sentía la necesidad de compensarlo de alguna forma, con un cuerpo 10.

Al cabo de un año, la relación se rompió. Dejé la píldora anticonceptiva y llegó la amenorrea. Tras varias visitas ginecológicas y la regla sin aparecer, me volví a mi casa con un diagnóstico de ovarios poliquísticos y una prescripción de usar un métodos de anticonceptivo oral porque supuestamente era lo que debía tomar con ese diagnóstico. Era la primera evidencia de que yo era infértil. Y entonces decidí que me costaría mucho tener hijos.

No cuestioné lo que allí se me dijo. No busqué segundas opiniones. Me lo creí y punto. Como me ha ocurrido en muchas otras ocasiones, el facultativo de aquel entonces no buscó otras posibles causas y a mí ni se me pasó por la cabeza que algo no estaba bien en mi cuerpo y mi mente.

Durante los años siguientes cada episodio de hematofobia reforzaba mi teoría de que yo no podía ser madre. Mi mente no estaba preparada para sobrellevar un parto.

Y a los 32, llegó el momento de ampliar la familia, estando convencida de que no iba a poder conseguirlo fácilmente. Y así fue, sabía que la regla no iba a llegar, que la ovulación no se producía correctamente, que el Omifin no me iba a hacer efecto, que mi embarazo acabaría en aborto, que ninguna medicación me iba a ir bien, que la 1ª IA no iba a funcionar y la 2ª tampoco, ni ninguno de mis embriones progresaría.

Y todas y cada una de las cosas que he creí, se cumplieron ¿cómo puede ser mi mente haya sido tan poderosa hasta el nivel de controlar mi cuerpo?

 

 

 

Visita a la residencia de mi abuela

Visita a la residencia de mi abuela

El viernes acompañé a mi padre a visitar a mi abuela, a la que recientemente hemos llevado a una residencia de la 3ª edad, dado su grado de dependencia.

Papá me dijo que a lo mejor me deprimía un poco la visita al ver tantos ancianos tan cascadetes. Nada más lejos de la realidad. No quise decirle lo equivocado que estaba. Necesitaba ir y ofrecer un poquito de mi cariño, demostrarme a mi misma que aunque ahora me sea muy difícil tener relaciones sociales en entornos fértiles, a pesar de eso soy una persona generosa,  y que el dolor que tengo ahora mismo en mi corazón me ha convertido en una persona capaz de ver aquello que otros no son capaces ni de imaginar.

En el camino de vuelta hubo un momento en que papá mencionó algo que hizo revivir antiguos fantasmas del pasado:

 Imagínate un abuelo soltero, ¿dónde va a ir si no tiene a nadie que le atienda?

Y yo le contesté:

Sí, papa, igual que los que no podemos tener hijos.

No creo que mi padre fuese consciente de todo lo que le estaba insinuando en una sola frase con tan pocas palabras. Porque una cosa es segura, y es que tener hijos no garantiza que no acabes en una residencia, pero no tenerlos sí que te garantiza que nadie te vaya a visitar.

¡Yaya! ¡¡¡No seas tan protestona y disfruta de todo lo que te puedo dar cuando voy a verte. Todo eso que a lo mejor yo no tendré la oportunidad de disfrutar!!!

 

El poder de las palabras

El poder de las palabras

Al ser humano comunicarse con los demás le resulta extremadamente sencillo, una actividad cotidiana que no requiere apenas esfuerzo. Es por ello que continuamente vivimos expuestos a que las personas con las que nos relacionamos a diario hablen y opinen sobre lo que hacemos o decimos.

Existe un dicho popular que dice “las palabras se las lleva el viento”. No puedo estar más en desacuerdo con esta frase. Unas pocas palabras pueden tener un efecto más devastador que cualquier otro hecho.

Si observamos a nuestro alrededor la mayoría de las personas necesita la aprobación de los demás para sentirse seguras. ¡Sí, yo todavía soy una de esas! El miedo a “el qué dirán” nos paraliza. Dejamos de hacer cosas para intentar evitar que los demás tengan una razón por la qué juzgarnos.

Esa necesidad de que los otros refuercen lo que yo hago va acompañado de una baja autoestima. No confiamos en nosotros mismos, valoramos más a los demás que a nosotros mismos y por eso lo que ellos dicen influye en lo que no nosotros pensamos de nosotros mismos. Y esto se acentúa cuando las palabras vienen de las personas que más quieres.

Mamá dice:

¡Mira que eres rara!

Yo pienso:

Soy la oveja negra de la familia. Mis padres están más contentos con mi hermana. Ellos están contenta por los nietos que mi hermana les ha dado. Eso les es suficiente para que ellos puedan estar felices. Al fin y al cabo yo no les puedo dar nietos. Por eso mi madre la llama tantas veces al día y a mí apenas me llama 1 vez a la semana. Por eso mis padres sólo hablan de mi hermana y sus nietos con sus amigos. Y por eso no celebraron mi boda con los compañeros de trabajo, sólo celebraron los acontecimientos de mi hermana. No les importa si la vida me va bien o mal, porque soy una fracasada y ya me dan como caso perdido.

[Y ESTAS PALABRAS RETUMBAN EN MI CABEZA DESDE AQUEL DÍA CONSTANTEMENTE…]

Pero hemos de aprender a que nosotros no tenemos el poder de controlar lo que los demás piensen de nosotros. Además, eso no es la realidad, sino la interpretación que ellos tienen de la realidad en un determinado momento. La adicción a la aprobación de los demás significa que le damos más valor a la interpretación que los otros hacen de la realidad que a la nuestra propia.

Hemos de aprender a no tomar de forma personal las palabras de los demás. Si alguien hace un mal uso de las palabras para intentar hacernos daño,  porque se siente herido o simplemente porque no las ha medido, no tenemos que interpretarlo como una realidad absoluta. Si nosotros creemos esas palabras, seguramente nos comportaremos conforme a esa interpretación de la realidad que hemos asumido. Sin embargo, yo no he de comportarme conforme a cómo los demás dicen que soy, sino a los acuerdos que yo libremente he establecido conmigo misma.

Yo debería pensar: 

No soy rara. Cuando mi madre me dijo esto yo estaba pasando una mala racha y ella no supo entenderme. No juzgo que ella no sepa entenderme ni me enfado con eso. Entiendo que se sienta emocionada con las cosas buenas que le pasen a mi hermana. Que mi vida haya tenido más dificultades  y que no haya sabido controlar mis emociones no significa que sea una mala persona, al revés, yo tengo la creencia de que soy una verdadera luchadora.

 

Lo mismo ocurre si alguien nos dice palabras que deseamos oír. Si una persona está en un estado de ánimo feliz, utilizará un lenguaje que transmita positivismo. Sin embargo, recibir mensajes que modifiquen nuestra forma de percibir nuestra realidad no siempre es bueno, puede ser un arma de doble filo para inclinarnos por una visión menos conforme a nuestros acuerdos internos.

Así mismo, las palabras que decimos también pueden herirnos a nosotros mismos si hacemos un mal uso de ellas. Si en un momento sentimos odio y decimos cosas sin pensarlas, es probable que la persona que las reciba se sienta herida y nos devuelva ese odio, que al final nos perjudica.

La clave está en ser impecable con nuestras palabras y no tomarnos nada personalmente. De esta forma seremos justos con nosotros mismos, recuperaremos nuestra autoestima y eliminaremos la adicción a la aprobación de los demás que tanto nos esclaviza. Nos sentiremos libres y al ser libres podremos ser felices porque nuestra felicidad ya no estará jamás supeditada a lo que otros nos puedan llegar opinar.

Nosotros mismos somos responsables de soplar nuestras propias palabras.

Querido angelito

Querido angelito

Querido angelito,

Hoy se cumple 1 añito desde que tu hermanito decidió abandonar nuestra pequeña familia. Estos 365 días han sido los más duros de nuestras vidas. El pasado 11 de Noviembre de 2014 tu papá y tu mamá quedamos profundamente conmocionados, pues esperábamos a tu hermanito con una gran ilusión, al igual que te esperaremos a ti si decides venir. No hay palabras para expresar el dolor que inundó nuestros corazones aquel día. 

Ya son 732 días los que llevamos buscándote incansablemente , pero no desistimos, mamá y papá lo seguirán haciendo con mucho mimo y paciencia. Eres tan pequeñito y vulnerable que necesitas que te acompañemos en tu camino hasta tu nuevo y cálido hogar.

Quizás estés escondido porque te asusta el lado amargo de la vida. No te preocupes, nosotros te protegeremos y te cuidaremos de la mejor forma que sabemos, y te demostraremos que vivir merece la pena. Te enseñaremos la satisfacción de conseguir una meta sorteando todos los obstáculos que te encuentres por el camino, y saborear mientras tanto las pequeñas cosas de la vida. 

No obstante, mi amor, llegado el momento asumiremos que finalmente no desees venir a este mundo para caminar junto a nosotros. Ignoramos tu deseo,  es por eso que nosotros seguiremos en nuestro empeño por algún tiempo más, por si un día decides encontrarte con el papá y la mamá que tanto te quieren, o por si estás perdido y no encuentras el camino. 

Sea cual sea tu determinación, papá y mamá siempre te querrán.  Te sentimos, sabemos que estás allí y te enviamos todo nuestro amor. Te queremos con locura antes de nacer e incluso si nunca llegas a hacerlo. 

Te recordamos todos y cada uno de los días de nuestra vida.

Cariño mío, ¡ojalá pudiera tenerte aquí al lado para abrazarte y darte ese beso gordote que tantas ganas tengo de darte!  

Te quiere,  

   mamá