Capítulo 4: Corazón partío

Capítulo 4: Corazón partío

Capítulos previos: el origen, la depresión, las consecuencias

Poco después del descubrimiento de que iba a necesitar una dieta eterna, en el verano de 2003, conocí a mi anterior pareja. Yo era becaria en la empresa en la que trabajo hoy en día y estaba preparando mi Proyecto Fin de Carrera. Todo era perfecto: ya no vivíamos en casa de nuestros padres, estábamos en la misma ciudad con lo que podíamos vernos todas las tardes-noches y ambos teníamos independencia económica para poder salir a cenar fuera o hacer una escapada de fin de semana. ¿qué más se podía pedir?

La relación era perfecta y estábamos muy enamorados, así que al año y medio (durante el verano del 2005) decidimos que ya era hora de dar un paso más y comenzar a vivir juntos. Esos 2 años yo había estado viviendo en un piso compartido con otras chicas y él en un piso de su propiedad, así que fui yo la que cogí mis bártulos y me instalé en su casa. Al principio la convivencia era estupenda, no discutíamos nunca y nos llevábamos muy bien. Sin embargo, poco a poco las cosas empezaron a cambiar…

Él empezo a obsesionarse por hacer deporte y ponerse cachas. Se montó un gimnasio en una habitación de la casa y todos los días pasaba de 1 a 2 horas en ella. Los fines de semana salía con la bici de carretera,  se apuntaba a carreras con la bici de montaña o practicaba ski de fondo. Sólo quería comer pasta fresca con salsa de tomate, pechugas de pavo a la plancha y tortillas hechas únicamente con clara de huevo. Además tomaba litros y litros de batidos hechos con polvos de botes de 5kg que adquiría en Internet y que decían ser proteínas.

Llegó un punto en el que decidimos que era mejor que cada uno se preparase su propia comida. Cuando se acababan sus víveres, él se pasaba por el supermercado si no lo había hecho yo antes, pero de mis víveres sólo me preocupaba yo.

Él era muy solitario y no tenía ningún amigos “autóctonos”; yo era hija adoptada del municipio con lo que tampoco conocía a nadie allí, así que siempre estábamos solos.

Pronto dejó de querer venir con mi grupo de amig@s y de acudir a las comidas con mi familia (en otra ciudad) los fines de semana.  Cuando no era temporada de ski o no había programada una carrera, prefería quedar con un par de amigos de fuera, coger el coche e irse a una famosa discoteca hasta altas horas de la mañana. Así que cuando llegaba el viernes me preguntaba: ¿qué vas a hacer este fin de semana? Y el domingo cuando volvía de casa de mis padres: ¿qué tal te ha ido?

Él amueblaba su casa a su gusto, y yo ahí poco tenía que decir, era su casa y su dinero. Yo no sentía que su casa fuese mi estación base donde tener mis cosas, así que, en pleno auge de la burbuja inmobiliaria, decidí comprarme mi propio apartamento cerca de casa de mis padres, con la finalidad de que él se animase a compartir los fines de semana conmigo. Elegí un apartamento de 2 habitaciones que, visto hoy en día, tenía un precio exageradamente alto, y entregué una pequeña entrada como fianza hasta que terminase su construcción.

En Enero de 2008 salí de viaje por trabajo con otros compañeros durante 12 días. Durante el viaje ellos llamaban a sus novias y mujeres diariamente, no paraban de hablar de ellas, les compraban regalos, en resumen, las echaban de menos; sin embargo, yo no veía que mi pareja sintiese lo mismo. A la vuelta del viaje le pedí que viniesea a buscarme a la estación de autobuses para ayudarme con las maletas, a lo que él me contestó: Si te lo paga la empresa, ¿por qué no te coges un taxi? Y allí me di cuenta de que no merecía la pena sacrificar el deseo de ser madre para sostener esa relación.

Él no quería tener hijos. Su vida era confortable tal cual era y no tenía necesidad de cambiarla. Su padre le había dejado un negocio con el que había hecho mucho dinero y consideraba que tenía la vida resuelta. Si quería hacer deporte se montaba un gimnasio en casa;  si quería tomar el sol compraba una lámpara de rayos UVA, si le apetecía hacer escalada, mandaba a un empleado de su empresa a hacerle un rocódromo. No deseaba gente a su alrededor a las que tuviera que atender, necesitaba ir a su aire, ser independiente. Por lo tanto, tener hijos no estaba dentro de sus planes de vida, y yo creo que tampoco tener una pareja , al menos en la forma en que yo lo deseaba.

Únicamente durante el último año de relación él me confirmó su negación de la paternidad. Durante los primeros años eramos jóvenes y ni siquiera nos lo planteábamos, más él decidió ocultar (creo yo) ese dato para que yo no saliese por patas. Más tarde, cuando la relación ya estaba bastante avanzada, debió de sentirse un poco traidor y empezó a hacer comentarios puntuales insinuando que no lo tenía del todo claro, pero yo no preguntaba por no escuchar lo que mis oídos no querían oir, asumiendo que era un tema de inmadurez y que cambiaría con el tiempo.

El tema niños era un tema tabú en nuestra relación, hasta que un buen día me armé de valor, rechacé la felicidad del ignorante y le pregunté sin rodeos. Y fue entonces cuando supe la verdad verdadera: él no iba a darme ningún hijo.

Así que en Febrero de 2008, tras volver de mi viaje revelador, decidí romper la relación y aborté la operación de compra del apartamento. Él se sintió herido y me reprochó que priorizase mi instinto maternal a mi amor por él, pero esa relación no tenía ya ningún sentido para mí, ni con hijos ni sin ellos.

Él es un buen chico y no le guardo ningún rencor, al revés, le deseo todo lo mejor, pero él no era la pareja que yo buscaba. Ojalá él haya encontrado o encuentre algún día una persona que encaje en su vida al igual que yo la he encontrado.

Anuncios
TIC-TAC TIC-TAC TIC-TAC

TIC-TAC TIC-TAC TIC-TAC

Fue allá por el 2008, tras una dolorosa ruptura sentimental, durante una tarde de invierno (probablemente, no recuerdo con precisión la época exacta) en la que mi hermana me empujó a salir de casa en un intento por levantar mi ánimo. Nos fuimos a un bar; recuerdo el local y la situación aproximada de la mesa, eso sí.  Durante la velada, ella (2 años menos que yo) me reveló su plan infalible de felicidad:

Nosotros ya lo tenemos hablado. Ahora nos vamos a vivir juntos y en dos años nos casamos. Enseguida tendremos un hijo y a los dos años otro, luego la ligadura de trompas, y a VIVIR!!!

Y allí estaba yo, rozando la treintena, sin siquiera saber qué es lo que iba a hacer durante los próximos 7 días. ¡Horror! ¡No tenía un plan infalible! ¡no podría ser feliz!

Fue en ese momento que adquirí un reloj, lo puse con la cuenta atrás y lo guardé en mi mochila a buen recaudo. ¡No tenía tiempo que perder! Si el contador llegaba a 0 y no tenía un marido, una hipoteca y 2 ó 3 hijos, no iba a poder alcanzar la felicidad nunca jamás. Porque no se trataba de un reloj cualquiera, no, se trataba de un reloj  nada más y nada menos que BI-O-LÓ-GI-CO.

Desde entonces revisaba diariamente que mi reloj siguiese allí en un bolsillo de mi mochila. Era indispensable que me recordase que necesitaba ese plan infalible YA, que cada hora me dijese cuanto tiempo restaba hasta que tuviese que abandonar la idea de poder ser feliz algún día. Un reloj muy preciso, oiga,  y con la pila bien cargadita. Y además, con una funcionalidad premium: cada día que pasaba me daba un nuevo aporte de angustia, ansiedad, desesperación y tristeza.

Cuando alguien nos nombra las palabras reloj biológico una tiende a acordarse de su vecina cotilla que dice algo de un arroz que se pasa. De niños, nos enseñaron que el hombre NACE-CRECE-SE REPRODUCE-MUERE. Según esa teoría, lo único que el ser humano tiene que hacer conscientemente es reproducirse, ¿no?. ¡ah! Debe ser por eso que cuando alguien nos habla del reloj biológico se refiere al arroz, es lo único en lo que uno puede despistarse. Pero, ¿es eso cierto?, ¿es ese el único tren que uno puede perder?

Existen muchas aspectos de la vida en los que la edad es un factor realmente importante. Conforme pasan los años,  la capacidades de nuestro cuerpo y nuestra mente se van viendo mermadas, y, consecuentemente, van aparececiendo limitaciones para realizar algunos de los cosas que nos resultaron sencillas y placenteras cuando éramos más jóvenes. Son varios, por tanto,  los relojes biológicos que entran a formar parte en el juego, y nosotros los que hemos de decidir cuándo queremos ó podemos ponerlos en marcha, a sabiendas que a veces no todos pueden funcionar a un mismo tiempo.

Y yo, ¿qué relojes tengo en marcha? ¿alguno ya paró? ¿cuales pueden seguir funcionando? ¿qué reloj está esperando a que yo lo ponga a contar hacia adelante?

Veamos:

  • 3-25 años, reloj biológico del ESTUDIO y la FORMACIÓN
  • 0-? años, reloj biológico de la JUVENTUD y la BELLEZA
  • 23-? años, reloj biológico de la SALUD y el DEPORTE
  • 22-? años, reloj biológico de la CARRERA PROFESIONAL
  • 25-? años, reloj biológico de los VIAJES
  • 23-? años, reloj biológico de la PAREJA y la SEXUALIDAD
  • ? años, reloj biológico de la MATERNIDAD

Oye,  no está tan mal, ¿no? 1 parece que ya paró, otros 5 siguen allí en marcha y sólo 1 no ha llegado a arrancar. ¿qué hubiese ocurrido si el reloj biológico de la maternidad hubiese empezado a contar algunos años atrás?  Probablemente hubiese tenido que pausar algunos de mis otros relojes, ¿no?, y quién sabe si con esperanzas de que volviesen a funcionar de nuevo otra vez con idéntico ritmo y energía.

NO ES DEMASIADO TARDE NI DEMASIADO PRONTO, ES MI MOMENTO