Mens sana in corpore sano

Mens sana in corpore sano

La primera cosa que hice cuando me enteré de que no estaba embarazada (una vez que terminó el llanto desconsolado) fue abrirme un refrescante botellín de cerveza bien frío. A la mañana siguiente,  M y yo salimos con nuestras bicicletas hasta un Santuario que hay cerca de mi ciudad.  Echaba muchísimo de menos hacer deporte.

Lo curioso es que soy una persona que reconoce que no le gusta hacer deporte. Bueno, eso tampoco es verdad, no me gustan la mayoría de los deportes, salir en bicicleta o hacer caminatas por el campo o la montaña sí me gusta. Entonces, ¿cómo lo echaba tanto de menos si no me gusta hacer deporte?

Cuando pienso sobre esto me pregunto si a la gente que reconoce ser un apasionado del deporte lo que realmente le gusta es el deporte en sí o lo bien que uno se siente después de practicarlo. ¿puede ser que a alguien le guste sufrir por el esfuerzo, sudar, pasar sed, cocerse de calor en verano y congelarse de frío en invierno o tener el corazón a 180 pulsaciones/minuto? Si es así, lo respeto pero no lo comprendo.

A mí lo que me gustan son las sensaciones buenas que me produce el hacer deporte: sentir que cada día estoy más fuerte y me supero, que hago deporte regularmente y eso es bueno para mi salud, que soy capaz de correr durante 40 minutos sin tener agujetas al día siguiente, que subo ágilmente las escaleras de casa de mis padres cuando se estropea el ascensor, que puedo aguantar una caminata de montaña de 8 horas sin sufrir. Me encanta la sensación de beber un vaso de agua fresquita cuando vuelvo de correr, la ducha refrescante que le sigue y el saborear después una cena saludable sabiendo lo bien me la he ganado. Me gusta sentirme en forma.

Necesito el deporte, me motiva, pone en movimiento el resto de aspectos de mi vida. Ya hace más de 10 años que no he dejado de practicar deporte de forma regular: running, natación, aquagym, step, aeróbic, spinning, bicicleta de montaña, caminatas, bailes de salón y latinos. El reloj biológico para deporte es uno de los relojes biológicos que hago funcionar muy bien ahora que soy joven y no tengo hijos que copen todo mi tiempo. Aunque no tengo intención de dejar de hacer deporte nunca (espero no tener que detener ese reloj jamás), he de aprovechar ahora que mis huesos, músculos y articulaciones me permiten hacer todo aquello que me produzca esa sensación placentera de sentirse en forma.

Para este año me he puesto como objetivo el entrenarme para correr una 10Km. Tengo que ir parando intermitentemente, según lo requieran los ciclos de los tratamientos de fertilidad, lo que me hace perder un pelín de forma en el intervalo durante el que estoy en stand-by, pero al menos, tras el negativo, retomo mi rutina para conseguir mi objetivo, una meta que con esfuerzo podré llegar a alcanzar.

Hoy nos vamos de vacaciones a la Costa Brava. Espero que M y yo podamos salir a correr por la playa y que las olas y la brisa del mar nos acompañen. Lo disfrutaremos, porque somos unos luchadores y nos lo merecemos.

Mindfulness: Disfrutando el ocaso del solsticio de verano sobre ruedas

Mindfulness: Disfrutando el ocaso del solsticio de verano sobre ruedas

Una de las cosas que más me gusta hacer cuando llega el buen tiempo es salir con mi bicicleta por los caminos circundantes a mi ciudad, aprovechando que alarga el día.

Tengo una bicicleta muy básica que compré en Decathlon hace unos 4 años.  Me costó 99€, y ya está más que amortizada. No tiene amortiguación y, como siempre ruedo por caminos, cuando estos son pedregosos  los brazos pican;  por contra, no me molesta el culete al día siguiente de una escapada, ¡y eso que no uso culotte!  (he debido hacer callo 🙂  ) El cambio de marchas tampoco va muy fino y a veces tengo que subir las cuestas en plato mediano. A pesar de todo, tengo cariño a mi bici y me gusta salir con ella a menudo, la mayoría de las veces sola y otras me acompaña M, como ayer.

Normalmente, mientras mis piernas pedalean, mi mente vuela, reviviendo el pasado e imaginando el futuro. Siento rabia por no poder cambiar lo que ya sucedió y me anticipo a lo que todavía no ha ocurrido. No paro de consumir pensamientos tóxicos. En ese espacio tan abierto mi alma no tiene límites, se siente libre.

Conforme crece la melancolía mi cuerpo se revela y se esfuerza más y más para demostrar a mi mente lo que es capaz de hacer; se siente obligado a reforzar mi autoestima. Y sólo de esta forma, consigo un equilibrio emocional.

Pero esta vez no iba a dejar volar a mi mente a su libre albedrío, le iba a marcar unos límites.

Ayer eran las ocho y pico de la tarde cuando salimos de casa en dirección a un santuario que hay en lo alto de un monte cerca de mi ciudad (cuando hablo de mi ciudad me refiero a una población de 18000 habitantes) . Comenzaba el ocaso.  A ratos, M y yo conversábamos de forma animada, otros ibamos uno detrás del otro, ocasiones para el libre pensamiento individual. Y esta vez obligué a mi mente a permanecer en el presente, escuché el sonido de las ruedas sobre el camino, sentí el frescor del aire rozar mi cara y mis brazos en los descensos y el calor de los últimos rayos de sol en los ascensos, observé los colores del ocaso. Fui consciente de lo especial que era ese día y lo delicioso que era compartirlo con la persona que más quiero.

Esta técnica de concentrar la atención del momento presente la aprendí en un taller al que asistí el pasado mes de Mayo. El concepto se denomina mindfulness y me gustaría leer más sobre ello. Conforme vaya  aprendiendo más cosas sobre el tema iré incorporando información al blog.