El mercader y el labrador (Parte I)

El mercader y el labrador (Parte I)

Érase una vez un mercader rico que vivía en una pequeña aldea. Se le daban bien los negocios y la suerte siempre había estado de su parte; por lo que disponía de una gran fortuna. Vivía con su mujer en una casa grande y señorial, con todo tipo de lujos y comodidades. Nunca les faltaba de nada de lo que pudiesen necesitar.

La pareja disponía de varios cocineros que, varias veces al día, les preparaban deliciosos y cotizados manjares (ricas verduras de temporada, grandes venados asados,  capones rellenos, dulces postres a base de los mejores frutos del bosque, etc); y que regaban con los mejores vinos del lugar.

En esa misma aldea vivía un desafortunado labrador con su esposa. Siempre se habían ganado su jornal vendiendo el grano en el mercado del poblado, sin embargo, en los últimos años, el suelo se había vuelto cada vez menos fértil, y,  poco a poco, cada día les era más difícil tener algo que vender para comprar una mísera hogaza de pan.

El labrador y su esposa se esforzaban porque las desdicha no acabase con su ilusión y felicidad.  Cada día salían de casa a buscar nuevas formas que les permitiesen conseguir que las tierras que habían heredado de sus padres volviesen a ser ricas y fértiles. En su camino circundaban las propiedades del afortunado mercader, y a través de las ventanas podían ver los festines que diariamente se daba el matrimonio.

En ocasiones el mercader se mostraba disgustado e irritado; si la comida no era de su gusto, si estaba demasiado fría o caliente, si el convite había comenzado con retraso, cuando sus muelas estaban doloridas, o si, simplemente, no tenían apetito. Pero los banquetes siempre tenían una característica y es que eran exquisitos y abundantes, muy abundantes. Y, cada día, una buena parte de los manjares allí servidos era desperdiciaba sin ninguna pena.

A veces, el mercader se asomaba a la ventana y daba consuelo al labrador y su esposa:

No desesperéis, muy pronto conseguiréis recuperar la fertilidad de vuestras tierras y tendréis un medio con el que comprar vuestro sustento. Poder disfrutar de estos manjares es lo mejor que me nos ha ocurrido nunca a mi esposa y a mí. Sin embargo, comer tanto es realmente agotador y con la barriga llena nos es difícil dormir, ¡y muchos días ni siquiera tenemos apetito!. Si hubiesemos sabido que iba a ser así, seguramente hubiésemos prescindido de algún que otro cocinero.

NOTA 1: Dedicado a todas las mamás y papás fértiles, ¡sed conscientes de lo afortunados que sois por cada uno de los días que podéis disfrutar de vuestros hijos!

NOTA 2:  Con este pequeño “cuento” me gustaría expresar con una parábola cómo nos sentimos los buscadores infértiles (en especial las mujeres, que para estas cosas somos más sensiblonas). No pretendo menospreciar a nadie, simplemente es para ejemplificar algo que mucha gente no puede llegar a comprender porque no se ha topado nunca con esta dificultad.

CONTINUARÁ….