Capítulo 2: La depresión

Capítulo 2: La depresión

Como comenté en el post que titulé El origen, a comienzos de 2001 caí en una depresión provocada por mi obsesión por tener un cuerpo 10 a la vez que trabajaba por  un expediente académico con el mínimo número de manchas posibles. Volver al piso de estudiantes después de las Navidades se me hizo realmente duro, estaba muy triste y además tuve la mala suerte que la relación con mis compañeras de piso no era nada buena. Ellas habían quedado un poco más rezagadas que yo en las asignaturas y no habían podido pasar al 3er curso, mientras que yo sí que había conseguido sacar todo lo de los cursos anteriores con resultados bastante buenos, y eso creó una relación tensa con una de ellas. No sé si porque ella era muy orgullosa o estaba un pelín celosa; la verdad es que ni siquiera lo llegué a saber nunca, pero su comportamiento hacia mí comenzó a ser cada vez más extraño, como tratando de ignorarme o despreciarme, ni siquiera lo sé exactamente porque no lo llegué a descifrar jamás.

Me refugié en otras muy buenas amigas del grupo, a las que tengo mucho que agradecer, e intentaba pasar con ellas el máximo número de horas en la Universidad. Quería estar el menor tiempo posible ese piso generador de angustia. Cuando volvía por las noches me encerraba en mi habitación a estudiar; no creo que fuese únicamente por no comer, creo que también se convirtió en el modo de evitar toda posible relación con mis compañeras, como un modo de escape. Pasaba frío, había perdido una buena capa de grasa y tampoco llegábamos a un acuerdo acerca del encendido y el apagado de la calefacción. Dejé de tener la regla.

Y acabaron las clases y llegó la época de exámenes;  y yo hice mis maletas y me fui de vuelta a casa de mis padres a intentar sobrevivir. Y allí empecé a subir la cuesta más dura de mi vida. Me levantaba por las mañanas deseando que llegase la hora de irme a la cama, y ese deseo me provocaba angustia porque  el tiempo pasaba y  no conseguía concentrarme, y Febrero se aproximaba amenazantemente. Incluso llegó a haber momentos en que hubiese preferido no seguir viviendo. Los días pasaban muy lentos.  Mis padres se iban a trabajar y me quedaba sola en casa, cogía mis cosas e iba del dormitorio a la cocina, y de la cocina al dormitorio, y ponía música animada de fondo que me hiciese compañía, y el sonido de las llaves en la puerta era la más maravillosa melodía que sonaba durante toda la tarde.

Durante el “exilio” continuamente me venía a la cabeza el piso de estudiantes, no quería volver allí nunca más. Mi madre intentaba buscarme una alternativa, que, evidentemente, suponía un gasto añadido para ellos: buscar un piso para mi hermana y para mí, mirar si yo podía entrar en alguna residencia de estudiantes con el curso ya empezado, buscar alojamiento en otro piso, etc. Y yo pensaba en el dinero que se estaban gastando en pagar el alquiler de ese piso y sufría por el esfuerzo que les estaba suponiendo y que yo estaba derrochando como una niña consentida. Además de triste y angustiada, me sentía culpable.

El tiempo pasó …. y superé el gran hito: Febrero 2001  ¡Por fin!

Si bien es verdad que en esta vida me he tropezado unas cuantas veces, también lo es que he sabido buscar ayuda en los profesionales cuando lo he necesitado. Tras esas espantosas semanas, acudí por primera vez a un psiquiatra que me diagnosticó la depresión, y comencé a tomar antidepresivos. Y también volví al piso de estudiantes;  había pensado que intentaría estar durante el día ocupada en la Universidad y volvería únicamente a dormir,y en paralelo iría buscando alternativas para el siguiente curso.

Cuatrimestre nuevo, vida nueva. Y se fue el invierno y llegó la primavera con el buen tiempo. Poco a poco empecé a comer un poco más y a no sentirme mal por ello. Volvió a aparecer la regla.

Finalmente, las aguas habían vuelto a su cauce.