Pensar en uno mismo no es ser egoísta

Pensar en uno mismo no es ser egoísta

La infertilidad lleva consigo un torbellino de emociones muy intensas para la mayoría de las personas que la sufren. Además del miedo, la ansiedad, la angustia, el sufrimiento, el dolor, etc. aparecen sentimientos extraños y contradictorios en tus relaciones personales, sobre todo debido al ¿y por qué tú sí y yo no? (léase embarazos e hijos ajenos)

Hasta hace muy poquito consideraba que mis sentimientos eran incorrectos  ¿por qué no me alegraba de que las personas de mi alrededor tuviesen hijos? Sentir envidia, enfado o traición era ilegítimo. Me consideraba una persona egoísta y estaba decidida a cambiarlo. Tenía clara la forma de solucionarlo: debía exponerme a esas situaciones dolorosas y aguantar como toda una campeona. Al llegar a casa me encerraría en casa y lloraría todo lo que tuviese que llorar. Así todos mis familiares y amigos estarían contentos. Cuantas más situaciones consiguiese superar, más fuerte me haría y llegaría un momento que sería totalmente inmune a cualquier estímulo externo relacionado con barrigas y bebés.  Tenía una responsabilidad hacia con los demás. Realmente lo hacía por ellos.

Pero estaba muy equivocada. Las constantes exposiciones a situaciones dolorosas  no sólo no mejoraban las relaciones sociales sino que me dejaban hundida.

Mi terapeuta me hizo ver que todos los sentimientos son válidos, que mis emociones son mías y de nadie más y no hay nada de malo en que yo sienta lo que siento, ni en que los demás sean conscientes o no de lo que estoy sintiendo. Si comprendo el origen de los sentimientos y consigo que no distorsionen mi conducta, no estoy haciendo nada malo. Yo soy la única que he de decidir si me gustaría cambiar esos sentimientos y cómo lo tengo que hacer. Ahora sé que el modo de hacer que esas emociones cambien es lícito siempre y cuando no incumpla ninguna de las reglas de convivencia de cualquier sociedad. Así mismo, he aprendido que yo soy la única responsable de mis sentimientos al igual que no soy responsable de los sentimientos de nadie.

Hoy, todo lo que hago lo hago pensando en mí, pero ya no me siento egoísta. Yo soy lo más importante en mi vida y quiero ser feliz. De momento, para conseguirlo he de poner límites a la hora de estar con familias fértiles; hay un umbral de dolor que no puedo sobrepasar todavía.

Amablemente tuve que pedirle a mis hermanos que intentasen mantener la distancia. Me da igual que se sientan culpables o que les siente mal que no muestre mi interés por sus ecografías. Yo he actuado correctamente y no soy responsable de sus sentimientos de enfado ni de culpabilidad. Al igual que ellos actuaron por su propio interés a la hora de decidir tener un hijo, yo lo hago por el mío. Ellos lo necesitaban para alcanzar su felicidad, y yo necesito esto para alcanzar la mía.

No podemos dejar la felicidad en manos de los demás. Hemos de pensar en nosotros mismos y asumir la responsabilidad de nuestras emociones. Pensar en uno mismo, no es egoísmo.

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El apoyo de mi pareja durante la Reproducción Asistida

El apoyo de mi pareja durante la Reproducción Asistida

La semana pasada escribía acerca del apoyo de terceras personas durante los tratamientos de Reproducción Asistida y dejaba para otro post lo relativo a la pareja. Bueno, pues aquí va…

Durante los distintos TRA por los que he pasado, M es la persona en la que me  he apoyado en los momentos de bajo estado de ánimo; cuando he llorado de rabia y desconsuelo, cuando me he enfadado por el trato recibido en la sanidad pública, cuando he estado ansiosa e impaciente porque he tenido que esperar todavía un mes más, cuando he tenido miedo a las agujas, cuando he deseado ser la mujer invisible... Él siempre ha estado  a mi lado. Es lógico pues en el fondo ambos vamos en la misma barca, remando con fuerza hacia un mismo destino. Sin embargo, no ha sido hasta hace aproximadamente un mes  que verdaderamente siento que estamos en casi completa sintonía, que por fin remamos sincronizados.

Ya he comentado en otros posts que soy muy impaciente y que en mi cabeza hay instalado un reloj biológico de la maternidad. Mi cabeza le da mil vueltas a las cosas que me preocupan en bucle infinito, me obsesiono. M es todo lo contrario, tranquilo, paciente y muy pragmático. Yo funciono en modo multitarea, gestionando todos los contextos a la vez y él en modo secuencial – cuando ha de hacer algo cambia el  contexto y marchando! Yo solía interpretar su sosiego como desidia, y decidía estimular su intranquilidad para intentar que se uniese a mi movimiento, y es entonces cuando emergieron nuestros primeros conflictos.

Cuando se alteran mis emociones me vuelvo muy irracional, todo resulta ser una catástrofe, me enfado y la rabia hace que salgan de mi boca palabras que mi corazón no siente, palabras derrotistas e incluso de desprecio hacia mí ser. Al principio M venía a mí, e intentaba racionalizar todas esas cosas; usaba un tono que yo interpretaba como de enfado, de reproche, y me explicaba por qué yo no debía sentirme así. Yo lo interpretaba como una regañina, y eso me hacía sentir que yo tenía pensamientos y sentimientos equivocados y que debía reprimirlos; y me sentía culpable por sentirme así. Después  llegaba el llanto desconsolado. M ya no sabía qué recursos utilizar de los que él conocía: el diálogo y la racionalización; si esos no habían funcionado, lo único que le quedaba era no hacer nada. Y eso es lo que finalmente hacía, si bien habiendo dicho previamente:

De verdad, yo ya no sé cómo ayudarte,

lo que generaba en mí más llanto desesperado.  Después de unas horas de ambiente tenso, yo pedía perdón a lo rey Juan Carlos:

Lo siento, no volverá a ocurrir,

a lo que él respondía

No te preocupes

Besos. Abrazos. Y yo me apuntaba los deberes “tengo que reprimir mis sentimientos para que mi marido esté contento”. Pero el conflicto quedaba sin resolver,  y la situación volvía a repetirse.

El tema de querer ser la mujer invisible también es algo que ha generado alguna que otra chispa. M no entendía mi asislamiento social ni que sufriese estando con niños y mamás si tanto deseaba tener un bebé. Él no se afligía por no poder hacer su propio brindis y nunca podía imaginar que yo sufriese por no poder hacerlo. Eso hacía que inicialmente no respetase mis límites hasta los cuales yo podía llegar, me judgaba y me sugería cambios. Yo deseaba satisfacerle, hacía de tripas corazón y me lanzaba a todo reto emocional que surgiese con la finalidad de demostrarle que yo podía con todo eso y más, cuando lo único que conseguía era hipotecar mi tiempo libre a cambio de realimentar mi sufrimiento.

Y él me apoyaba, nos apoyábamos, pero basándonos únicamente en el amor y el cariño. Nos faltaba sentir empatía el uno del otro.

Hay 2 cosas que hemos hecho y que nos ha venido muy bien para limar esas pequeñas asperezas:

  • leer el libro “Los hombres son de Marte y las mujeres de Venus” de John Gray. Este libro explica muchas cosas acerca de la relación de hombres y mujeres con el otro sexo , ofreciendo muchos consejos a ambos para mejorarlas;
  • asistir a una charla para parejas en TRA, donde una psicóloga analizó distintos aspectos que se ven afectados en una pareja que está pasando por  procesos de reproducción asistida;

Y después de eso yo creo que por fin comprendemos la forma de sentir y comportarse del otro,  conocemos y respetamos sus límites emocionales  y sabemos cómo actuar en las distintas situaciones sin crear frustación. Yo sé que él desea un hijo tanto como yo, aunque no lo diga cada día y a cada hora. Me atrevo a expresar mis sentimientos sin miedo a ser judgada o a recibir una regañina. No recibo críticas por rumiar mis problemas, sino que veo una mano que me ayuda a salir de la rueda. No me siento obligada a hacer cosas que me ponen triste para satisfacerle….

Nuestros sentimientos son LIBRES por fin.

 

El apoyo de los demás durante la Reproducción Asistida

El apoyo de los demás durante la Reproducción Asistida

Durante estos meses de continuos tratamientos de reproducción asistida el mayor apoyo lo he encontrado en mí misma. Sólo yo puedo saber lo que realmente siento y lo que necesito en cada momento para poder buscarlo y  ofrecérmelo (en otros posts hablaré de cómo consigo ayudarme a mi misma).  Si tuviese que dar unas estadísticas diría que  el 70% es el apoyo que encuentro dentro mí y un 30% en los demás. Y dentro  ese “los demás”, un 60% representaría el apoyo de mi pareja, un 20% el apoyo de los profesionales (psicólogos) y  un 20%   lo que me aportarían los familiares, amigos y compañeros de trabajo. En este post únicamente voy a tratar lo relacionado a la ayuda recibida de “mi red social”, excluyendo a mi pareja, que bien merece un post aparte 🙂 , y los profesionales.

Cuando tienes un roto en tus emociones no te ponen una escayola, ni te ingresan en el hospital, ni tienes cara de fantasma debido a los continuos vómitos, ni te sale un sarpullido por todo el cuerpo; no hay un cambio físico en tí que haga pensar al otro que no todo está bien. Por eso es muy difícil que la gente intuya que necesitas ayuda, a no ser que tu mejor amiga sea la bruja Lola. Llega un momento en que se ha de tomar la decisión de si compartir tu problema con los demás  (por si eso puede servirte) o  mantenerlo en la intimidad de tu hogar. En nuestro caso hemos querido ser muy selectivos a la hora de decidir contar nuestro problema a nuestros  amigos (sólo los más íntimos lo saben) así como familia más lejana (tíos y primos por el momento son agnósticos de nuestro caso) y compañeros de trabajo. La  razón no es que lo consideremos un tema tabú que nos avergüence contar, sino que, simplemente, después de  todos los batacazos que llevamos a nuestras espaldas, yo no  quiero que haya muchas personas que sigan conscientemente todo nuestro proceso de RA, que contemos cada hito, alguno de ellos llegue a ser exitoso, nos hagamos ilusiones y que luego tengamos que deshacer esas ilusiones.

Limitándome al círculo que es conocedor de nuestra situación, a mí me ha resultado muy difícil encontrar apoyo “de calidad” en los demás. (NOTA: Con esto no pretendo ofender a nadie de mi entorno que me pueda llegar a leer en un futuro) .

Cuando alguien intenta ayudarme lo más normal es que al principio use “frases consuelo” tales como:

Anímate, ¡no te hundas!

Fíjate en Ana Rosa Quintana, tenía cuarenta y tantos cuando tuvo a sus mellizos.

A lo mejor es que no tiene que ser.

 

Una compañera mía de trabajo lleva 10 años buscando y nada.

 

Cuando menos te lo esperes, te quedarás. Tú, relájate.

 

Las “frases consuelo” son gratuitas; algo rápido, fácil, que no cuestan esfuerzo al que las dice pero sí al que las escucha, y que a mí personalmente me hacen huir de sus proclamadores.  Sé que ell@s lo hacen con toda su buena intención, pero …  Ay, Manolete, ¡si no sabes torear para qué te metes! Estas frases mágicas muchas veces son la primera y única forma que la mayoría de la gente utiliza para ofrecer su apoyo.

En estos meses he encontrado muy poquitas personas que hayan mostrado verdadera empatía, generosidad y disposición a acompañarme en mi lucha; que eviten las “frases consuelo” y las sustituyan por un

Comprendo tu dolor, y aquí me tienes para ayudarte.

que me escuchen sin juzgarme, que con sus palabras me hagan descubrir todas las cosas buenas que tengo y que hagan un hueco en su apretada agenda llena de obligaciones para ayudarme a salir de ese agujero profundo en el que empiezo a caer.

Al principio me ponía triste que gente cercana a la que yo quería no se implicase demasiado en tenderme su mano;  ahora lo he conseguido ver de otro modo y concentro mi atención sólo en las cosas y las personas que realmente son un +1  en este preciso momento, las que necesito dentro mi mochila para seguir mi camino hasta mi objetivo, tratando de disuadir el resto de distracciones que en estos momentos no me sirven, centrándome en el aquí y ahora. Son poquitas esas personas altruistas, pero ¡las tengo a mi lado! y tengo la enorme suerte de haberme cruzado con ell@s en algún momento de mi vida; me han demostrado que puedo contar con ell@s y, por eso mismo, yo he de demostrarles que también ell@s pueden contar conmigo. Y yo me esforzaré por  ser una de esas personas que tienden la mano a aquel que me necesite, porque ya sé que las “frases consuelo” gratuitas no ayudan.

Y por todo esto, a todo aquellos que habéis querido ir más allá de una “frase consuelo”:

De todo corazón, GRACIAS.

La mujer invisible

La mujer invisible

Si algo tienen los tratamientos de fertilidad es que limitan mucho tu vida. Durante los primeros días has de estar pendiente de inyectarte diariamente tus dosis de hormonas (que han de guardarse en la nevera) siempre a la misma hora, además, durante ese tiempo, unas 2 veces por semana, se han de seguir controles ecográficos en la consulta de tu ginecólog@, y finalmente, durante el resto del ciclo hasta la betaespera, debes hacer reposo relativo, comer, beber y comportarte como una embarazada. Apasionante 🙂

Hace unas semanas viajé sóla a Nueva York. Llevaba demasiados meses renunciando a muchos planes tanto personales como profesionales y, tras mi segunda IA, aproveché una oportunidad que surgió en mi trabajo y que, más o menos, cuadraba en mi calendario ovulatorio para tomarme un pequeño respiro.

 ¿sola? ¿a cruzar el charco? ¿en tu estado? ¿ y si estás embarazada?

Pero estaba completamente decidida; lo necesitaba. Todo esto estaba acabando con mi autoestima; me agobiaba el día a día, mi entorno, la rutina. Tenía mucha ansiedad.

Desde hace más de 7 años no tengo miedo a la soledad. La soledad no es algo que me guste, pero por circunstancias de la vida he tenido que aprender a estar sola (en otro post hablaré de ello).  Saber estar sola me ha hecho independiente y muy valiente. Por lo tanto, sabía que era completamente capaz de afrontar este reto y, lo que es más, lo iba a disfrutar a tope. Iba a ser una auténtica aventura.

En NY aproveché mi tiempo libre al máximo: cogí el ferry a Staten Island para hacerme fotos con Mrs. Liberty, visité la zona 0, crucé el Brooklyn Bridge (primero hacia un lado, luego hacia el otro), recorrí las calles de China Town y Little Italy, fui de compras, disfruté del ambiente de Times Square, subí al Top of the Rock en el Rockefeller Center, fui al Museo de Historia Natural, entré en la Estación Central, etc. Comí cupcakes, muffins, hamburguesas, sándwiches, m&m’s, … bebí cafés de medio litro… Pero, sobre todo, durante 5 días,estuve rodeada de desconocidos. Era anónima, era INVISIBLE.

Fuente: http://www.taringa.net/posts/imagenes/12584671/Marvel-Hecho-Por-Matt-Groening-Creador-De-Los-Simpsons.html

Una de las características de la mujer infértil es que tiende a evitar cada vez más las relaciones sociales. A mí me ocurre, y de forma muy acusada.  Una buscadora infértil sale a la calle y ve muchas embarazadas, mamás y niños, muchos niños. Primero es la vecina, luego la cajera del súper, luego tu prima, tu hermana, tu mejor amiga, repite tu vecina, repite tu prima, luego tu ex-compi del cole, repite tu hermana, etc.  Nueva llegada, nuevo brindis por la nueva suertuda. Y tu brindis nunca llega.

Pero en tu casa estás a salvo, allí no llegan las botellas de champín.  No es que te sientas feliz en casa, el problema sigue allí sin estar resuelto y sin saber si se va a poder resolver de la forma que te gustaría y/o cuando te gustaría, pero, al menos,  no sufres. Así que, poco a poco, cada vez eliges mas a menudo quedarte en casa.

En Nueva York no había vecinas, primas, cajeras del súper ni hermanas. Ni yo conocía las circunstancias de la que pasaba a mi lado ni ellas la mía. Veía embarazadas y mamás de las cuales no podía decidir si eran demasiado jóvenes o demasiado viejas, si tenían más hijos, si les había costado quedarse embarazadas o no. Ni siquiera las iba a volver a ver nunca más. Ellas tampoco iban a mirarme a mí pensando que se me estaba pasando el arroz, o que parecía que tenía dificultades para tener hijos; como mucho podrían pensar que tenía pintas de turista española. Allí desaparecían todos mis fantasmas.

A la vuelta de mi viaje, pronto volví a recuperar a mis antiguas enemigas, las emociones negativas. De nuevo el pánico a ir más allá de la puerta de mi casa. Volvieron la ansiedad, la angustia, la deseperación, el miedo, la tristeza.

Sin embargo, yo soy la misma en mi ciudad que en Nueva York. Pero…si puedo ser feliz en Nueva York, ¿por qué no puedo serlo en mi ciudad?

Desgraciadamente, ni soy Marvel Echo ni creo que el súper poder de hacerse invisible fuese bueno para una buscadora infértil, pero algo que sí que tengo que conseguir es corregir la forma en que proceso, actúo en consecuencia, guardo la información relacionada con la maternidad que me llega del exterior y posteriormente redirijo mi pensamiento.

Voy a recopilar información sobre técnicas para redirigir pensamientos y trataré de publicarlas en otro post una vez que las haya puesto en práctica para comprobar si son efectivas en mi caso.